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viernes, 11 de junio de 2021

En el puzzle del Ordenamiento

 


Cuba anunció anoche, durante la Mesa Redonda, que a partir del 21 de junio, y como medida temporal, las personas naturales no podrían hacer depósitos en USD. Hasta este momento, el USD ha operado como divisa de cambio en la economía cubana y desde que se anunciaron las reformas de la unificación monetaria, en el 2020, ha incrementado su tipo de cambio en el mercado informal de forma sistemática ejerciendo una presión inflacionaria sustancial en la economía. Es muy poco lo que puedo agregar a lo que mis colegas han dicho ya, así es que solo expondré mis ideas brevemente.

La disparidad del tipo de cambio oficial contra el del mercado informal –mucho más alto este último- unido al hecho de que el gobierno no vende dólares –medida que fue justificada con la escasez de esa moneda en las arcas nacionales- provocó el desplazamiento del mercado de dólares hacia el mercado informal que comenzó a mover entonces una cantidad considerable de esa divisa. Por razones lógicas, una proporción importante de esos dólares no ingresaban nunca al Banco Central y se movían constantemente en operaciones de compra-venta en el mercado informal.

Esta medida espera, posiblemente, incrementar la liquidez del BCC en el corto plazo. Anunciar que la fecha tope para depósitos en dólares es el 21 de junio fuerza a los poseedores de dólares a depositarlos de manera acelerada. De la misma forma, el efecto sobre la depreciación del peso cubano no se puede predecir en estos momentos. La tendencia natural del mercado a buscar alternativas y las opciones limitadas que va dejando la medida, obligará a desplazar las operaciones en MLC hacia otras monedas extranjeras. Algunos hablan del euro, y hay razones para creer que el candidato favorito puede ser la divisa europea. En cualquier caso, el costo de las remesas se verá afectado por los tipos de cambio del mercado que se sumará a los existentes costos de transferencia, ya de por sí, muy altos. La disyuntiva para los que envían dólares estará entre si enviar dólares en efectivo y que el receptor en Cuba corra con los costos del cambio, o enviar euros y el emisor corre con los costos en su país de origen. La otra opción sería transferir los dólares de forma directa y asumir los altos costos de transferencia. Como ya lo explicó Pavel Vidal, el costo del bloqueo se le está transfiriendo a la familia cubana.

Los dólares podrían seguirse comprando y vendiendo a ese precio que ya supera los 70 pesos cubanos –u otro al que se ajuste de forma natural- pero esta vez de tarjeta a tarjeta. El mercado encuentra, como la naturaleza, una salida. No siempre es la óptima, pero existirá. Puede ser esta u otra. Lo que pasa es que, en este caso, los dólares que se estarían moviendo no son físicos –en efectivo- y al final del día el estado ya los recaudó para realizar operaciones en el mercado internacional, que es lo importante, y ojo, necesario también.

Para aquellos que no reciben divisas y que hoy tienen que adquirirlas en el mercado informal y depositarlos en las tarjetas, esta política, aunque anunciada como transitoria, pudiera tener impactos aún más duros en su economía doméstica. De la misma forma que existe un mercado paralelo de dólares habrá un mercado paralelo de otras divisas, por ahora más escasas que el dólar, y por lo tanto, podríamos esperar que tan caras o más que este. En el cambio del euro por dólares el tenedor de euros tiene ventajas. En el cambio del peso cubano por euros, para depositarlos en la tarjeta en MLC, y que sea reevaluados en dólares en esa tarjeta al hacer las compras de los medios esenciales de vida en las tiendas habilitadas, es obvio que el tenedor de pesos pierde, y pierde dos veces. El peso cubano, en resumen, ha perdido funciones del dinero que hasta ahora cumplen otras divisas, y no las recuperará en el corto plazo.

La flexibilidad para adaptarse a los cambios de un país y una sociedad se mide en tiempos de crisis. Las crisis exponen las vulnerabilidades de los sistemas y ponen a prueba su capacidad para superarlas. La Tarea Ordenamiento aún está ajustando las costuras a la delicada situación nacional. Cualquier política pública debe contemplar sus múltiples impactos y sobre quiénes recaerá el costo fundamental de la política. Sobre todo, las políticas deben definir de forma clara quienes serán sus beneficiarios. Hasta ahora, el ganador de la Tarea Ordenamiento no ha sido el pueblo, ni sus más vulnerables componentes. A riesgo de sonar como disco rayado, me repito, la economía no es un ente abstracto que tiene vida propia en un vacío social. Nos impacta a todos, pero no de la misma forma. Comprender donde el impacto será mayor y aplicar políticas complementarias que ayuden a amortiguar su efecto es imprescindible en una sociedad que apuesta por la justicia social.

El bloqueo es un costo fijo en la economía cubana. Cuando se diseñan políticas, se conoce que está ahí y que su efecto es profundo y difícil de manejar. Por eso las políticas deben pensarse incluyendo al bloqueo como si fuera el huracán que nos devasta cada año. En otras palabras, hablar solo del bloqueo y obviar los elementos de manejo interno, en una mesa redonda donde se anuncia esta medida es subestimar la capacidad crítica del pueblo cubano. Eso, junto a los tropiezos visibles de la tarea ordenamiento, disminuye la confianza en las políticas públicas y en la gestión del gobierno. Aún esperamos las medidas complementarias más urgentes que pudieran ayudar al ajuste: redimensionamiento de la empresa estatal, por ejemplo, y la ampliación de las micro, pequeñas y medianas empresas. Todas las medidas anunciadas en este sentido son aún tímidas y muy limitadas. El tiempo es esencial en economía y en política, y no es infinito.


jueves, 7 de mayo de 2020

Respuesta al artículo “La bondad neoliberal de los entusiastas consejeros”, de Carlos Luque. Publicado en el periódico Granma el día 7 de mayo de 2020

EGranma de hoy publicó, a página completa, el artículo La bondad neoliberal de los entusiastas consejeros. Su mensaje primordial es criticar a los economistas cubanos que tratan de alertar sobre la necesidad de expandir la pequeña y mediana empresa privada nacional (PYMES) en las condiciones actuales de Cuba y el mundo. Con la brevedad que me permita este tema tan delicado, revisaré los argumentos brindados por el autor del trabajo y presentaré mis contra-argumentos. El Granma es el órgano oficial del PCC. Intuyo entonces que lo publicado en este periódico de tirada nacional es la posición oficial del gobierno de Cuba. Lo que se publica en el Granma, no queda en el Granma, para bien o para mal, queda para la historia. La historia rara vez perdona y va siendo hora de que se hagan trabajos de seriedad académica si se desea rebatir o debatir con académicos.

El primer argumento del periodista es que los economistas cubanos defensores de las PYMES no han considerado el panorama internacional de crisis económica y su potencial efecto en Cuba y el mundo. Eso es falso. La propuesta llega, precisamente, ante los peligrosos efectos de esa crisis mundial en nuestro país. Me explico. Primero, la diferencia entre la academia y el periodismo es que en la academia las elucubraciones tienen que ser explicadas, justificadas y respaldadas con evidencia teórica o empírica. El periodista nos demuestra que en el periodismo cubano eso no es necesario. Segundo, la crisis tendrá varios efectos, pero dos serán fundamentales en Cuba, y nos concentraremos ahí: contracción de inversiones -nacionales y extranjeras- y reducción significativa de los accesos a créditos internacionales. Resumen, nada de dinero para invertir, y nada de inversiones para impulsar la economía, crecer, y darle trabajo o mantener el nivel de empleo actual. Eso significa que tal y como pasó en los noventa veremos una contracción (que comenzó hace años ya) del empleo en el sector público cubano. El sector que lleva años creciendo y absorbiendo parte de la mano de obra cesante que el sector público (estatal) ya no puede ni tiene capacidad para absorber, es el privado. Del año 2009 al 2016, el sector estatal redujo el empleo en 998,800 puestos de trabajo. En el mismo período, el sector no estatal (privado nacional y cooperativo) aumentó sus puestos de trabajo en 517,500[i]. Absorbió así, más de la mitad de los que quedaron cesantes del sector público nacional.

El segundo argumento de este periodista es que no se deben proponer medidas precipitadas. ¿Precipitadas? ¿En serio? La expansión del trabajo por cuenta propia data de 1993. Las idas y venidas al respecto tienen mucho que ver con las propias idas y venidas típicas de las economías en cuanto a centralización vs. descentralización, y en el caso de los países socialistas como Cuba, en el antiguo debate teórico (y práctico) entre plan y mercado. En los ‘90 tuvimos que precipitarnos. La resistencia a tomar las medidas a tiempo retardó la toma de decisiones y empeoraron el impacto de la crisis. Espero que el periodista no esté sugiriendo que esperemos a tener el agua en los pulmones para tratar de salvar la economía y la sociedad cubana.

El tercer argumento del periodista se refiere a la fragilidad de las economías de mercado para lidiar con la crisis del COVID19. Bueno, algunas economías de mercado han fracasado masivamente. Hay, sin embargo, ejemplos exitosos en algunos estados capitalistas como Nueva Zelanda. Costa Rica, justo al doblar de la esquina, también ofrece un ejemplo interesante desde la perspectiva de Latinoamérica. Para ser estrictos, hay que ver TODOS los ejemplos posibles antes de lanzar ese tipo de afirmaciones categóricas. Los matices son importantes. Los sistemas de salud privados han fracasado en general en el manejo de esta crisis. Los sistemas de salud públicos la han manejado mejor. La moraleja es que la salud es un derecho humano, más allá de las ideologías políticas o los sistemas económicos.  

El otro argumento del periodista se refiere al caso especial de China. Estamos de acuerdo, China y Cuba son completamente diferentes. Pero, ¿lo son? Vamos a asumir, por el bien del debate, que sí. Los economistas cubanos no han afirmado categóricamente que se adopten acríticamente los ejemplos de China y Vietnam. Se trata de usar capacidades existentes para frenar o amortiguar el deterioro de las condiciones de vida de los cubanos. Muchas PYMES ya están ahí, los cubanos con capacidad y deseos de emprender nuevas iniciativas, también. Existe un sistema impositivo que ayudará al estado cubano a recaudar impuestos para la redistribución social. El turismo verá una contracción significativa en los próximos años. Su recuperación será de mediano a largo plazo. Cuba necesita desesperadamente, y la palabra la uso a propósito, reorientar y expandir su espectro de opciones para el crecimiento y desarrollo. Las PYMES nacionales parecen, a corto plazo, la opción más viable. No hay que caerle atrás a nadie en el mercado mundial, no hay que renegociar términos y condiciones de pagos y se alivia el estado cubano del peso de un grupo de problemas que podrían, al menos parcialmente, ser resueltos por las PYMES, incluida la absorción de una masa nada despreciable de cubanos que han visto o verán sus empleos desaparecer bajo el eufemismo de “disponibilidad”.

Dice el Granma que caemos en teorías conspirativas sobre la burocracia. Aquí ni me detengo. Si el periodista quiere debatir con seriedad sobre estructuras rígidas y burocráticas, que empiece por revisar GAESA, el OSDE más monstruoso y abarcador en nuestra economía, subordinado a las FAR. Un ejemplo claro de la centralización burocrática de poder económico y político en el país.

Antes de terminar, una aclaración al periodista. El trabajo ideológico no se hace detrás de un buró tecleando en una computadora sin solidez ni seriedad académica. De hecho, el trabajo político ideológico no se hace en abstracto. El socialismo tiene el deber de superar al capitalismo, no de sustituirlo. Bajo esa premisa, el socialismo TIENE que ser capaz de dar las herramientas al pueblo para que este satisfaga sus necesidades, al menos las básicas. La economía no es un ente abstracto que podemos ignorar y darle la espalda, o vilificar y transformar en nuestra enemiga ideológica. Las leyes de la economía de mercado operan sobre Cuba también, hacia lo interno y en sus relaciones hacia lo externo. Operan incluso en el proceso de planificación. Se tienen que contemplar y conocer para planificar. Los economistas no somos enemigos del pueblo y es hora de superar esa arcaica concepción que tanto daña al país. Los economistas SOMOS el pueblo también. Basta de creer que se hace ciencia en una torre de marfil sin buscar el ticket en la cola del pollo o estar horas en una parada esperando una guagua.

El nivel de empleo, los precios, los ingresos personales, son todos categorías que usamos los economistas, pero son índices sociales. Es cierto que algunos colegas pueden caer en tecnocracias o economicismos. Me consta que no son la mayoría. Y si esa es una preocupación, pues podemos comenzar a formar políticos públicos y administradores públicos en las universidades cubanas. Así tendremos expertos capaces de conciliar múltiples campos de las ciencias sociales, entrenados en adoptar una perspectiva multidisciplinaria para pensar estos temas y otros de más complejidad. Pero ojo, los políticos públicos y administradores públicos también saben de economía y trabajan con economistas.  

Por último, tengo dos preguntas para el periodista. Primero, me quedé esperando las razones por las que promover las PYMES en Cuba es una medida neoliberal. Segundo, ¿cuál es su propuesta alternativa? Por mucho que leí, no encontré ninguna.



[i] Vidal, P. (2018). Is Cuba's Economy ready for the 2018 leadership transition? . Cuba Study Group. Obtenido de: www.cubastudygroup.org


miércoles, 12 de febrero de 2020

Ventanas rotas o los balcones derrumbados de mi Habana

Foto de la autora

James Q. Wilson y George L. Kelling, dos académicos de Estados Unidos, publicaron el artículo “Broken Windows” (Ventanas Rotas, en español) sobre seguridad urbana en el año 1982. Usaron la metáfora de las ventanas rotas como símbolo de la desprotección y el desinterés gubernamental en algunos barrios más peligrosos del país. Esencialmente, Wilson y Kelling argumentan que una ventana rota a propósito en un barrio marginal no sería prioridad de la policía, o del gobierno local, que estarían preocupados resolviendo problemas más graves en la comunidad. Pero esa ventana rota sin resolver se convierte en una invitación al vandalismo, porque demuestra que ese tipo de comportamientos no son socialmente castigados. Una ventana rota es una abertura a la delincuencia y la inseguridad. Un barrio descuidado, es un barrio inseguro.

Este artículo es paradigmático para educar sobre urbanismo y gobernanza. En esencia, un barrio destruido es más vulnerable, y no solo en el sentido literal del peligro que representan para la vida de sus habitantes. Eso explica no solo las consecuencias negativas de la marginalidad, sino también sus efectos sicológicos y sociales, incluso culturales, sobre aquellos que los habitan. La desidia se apodera de las edificaciones en mal estado, la cultura de la no responsabilidad se entroniza y la ciudad sufre, ya no tan en silencio, y se va desmoronando. El desmoronamiento de la arquitectura es un espejo de la decadencia social y económica. Espero que eso no sea noticia para nadie.

El impacto en la psiquis de los que cada día regresan a una comunidad vulnerable, en todos los sentidos, se traduce en apatía, en el mejor de los casos, oposición y rebeldía hacia el sistema imperante, en otros. No se puede desconectar nada en la sociedad, porque ella funciona como un organismo vivo y cada elemento que se altere va a tener un efecto dominó sobre los demás: economía y política, fundamentalmente.

La apatía ayuda al estatus quo. La no participación es una forma de participación. Un análisis que rara vez he visto conectado al caso cubano. Pero los no participantes están sentados en la cerca de la indecisión hasta que un proyecto, o un político, o un grupo social los atrae. Puede ser una congregación religiosa de ultra conservadurismo, como la nueva tendencia evangélica que se ha ido despertando en Cuba en los últimos años. Nada de esto es casualidad. Somos seres sociales y pensantes, necesitamos la esperanza y esa esperanza llega de muchas formas: la fe religiosa y un grupo social en el que nos aceptan sin hacer preguntas, es una de ellas.

No, no es solo La Habana la que sufre los derrumbes. La ciudad no es un ente abstracto. Cada balcón es una puerta abierta a una familia que libra sus propias batallas personales, muchas de ellas conectadas a nuestras batallas colectivas. La inacción es una forma de política pública, y es la menos adecuada en este momento. El pueblo de Cuba está viendo que su capital cumplió 500 años ya y que los esfuerzos por recuperarla son mínimos, que más allá de los barrios que son la cara de La Habana, casi nada más importa. Eso es lo que sentimos, sea exagerado o no el sentimiento. Los sentimientos son reales como la caída de un edificio. No se puede subestimar el sentimiento colectivo de abandono, reflejado en la realidad de los derrumbes físicos y en otros no tan evidentes.

Con esto les quiero decir que salvar nuestra arquitectura, nuestras ciudades, es tan importante para salvar al país como desarrollar la economía. Mucho depende de eso, además de las vidas humanas, aunque no se entienda. Esa es la cara que vemos, ese es el reflejo percibido de que importamos.


martes, 16 de abril de 2019

Déjà vu: crisis y castigo


Imagen tomada de Internet
Esta película ya la vimos, y miramos con ojos entrecerrados por la sospecha el panorama tempestuoso que nos espera. Los detalles son muchos, y al mismo tiempo, cada vez más similares a lo ya vivido. Digamos que el primer indicio fue la crisis política venezolana. A partir de ahí las señales son repeticiones irónicas de la historia: anuncio de que los periódicos tendrán menos páginas, que los próximos meses serán “duros”, que los huevos no serán vendidos por la libre, y que el avestruz y la jutía son muy nutritivos. Bueno, admito que esto último es nuevo, pero tenía que decirlo o reventaba.
De crisis nadie puede hacernos historias, los cubanos en eso somos casi expertos. Apenas recuperados de la crisis de los ’90, nos enfrentamos a ¿otra?  crisis, cuyo alcance todavía está por definir. Las similitudes entre los detonantes (crisis de socios políticos y económicos importantes en ambos casos) y los efectos,  son una muestra de que la crisis contemporánea es una continuación de la de los noventa, cuyo impacto de largo plazo ha acentuado las deformaciones de la estructura económica de Cuba, la penosa deuda externa renegociada múltiples veces, los rotos o frágiles procesos inversionistas y la aún incipiente empresa privada nacional, cuyo alcance se reduce casi en exclusiva al sector de la gastronomía, uno muy vulnerable a las recesiones.
Sin embargo, las diferencias son también vitales para comprender la nueva situación y actuar en correspondencia. Mientras la crisis de los noventa podría haberse dicho que “nos tomó por sorpresa”, esta ha sido perfectamente predecible. Yo misma la predije en un post en este mismo blog el 6 de abril de 2017, hace dos años, y no fui la única, por supuesto. La literatura sobre recesiones está llena de propuestas para paliar los efectos de una crisis aunque sea inevitable. Como poner los brazos por delante cuando se cae de frente.
El problema de las crisis es que no son una cosa abstracta y lejana de la que solo hablan los indicadores económicos. Las crisis marcan las sociedades y las laceran. Afectan la solidez de las ideologías, desmantelan la confianza política en los gobiernos que las enfrentan, y en algún punto, su manifestación deja de ser económica para convertirse en crisis sistémica, que se extiende hacia lo social y lo político.
Mientras los cubanos entramos en condiciones más o menos similares en la crisis de los 90, gracias a los niveles de equidad social logrados en las décadas anteriores, esta vez las circunstancias son completamente diferentes. La brecha social se ha abierto en la sociedad cubana y la desigualdad se expresa de múltiples formas. Existe desigualdad entre la capital y el resto del país, entre las zonas urbanas y las rurales, entre blancos y negros, entre mujeres y hombres, entre los que tienen acceso a divisas y los que no. Dentro de las propias zonas urbanas existen áreas privilegiadas. Sumemos además la discriminación de género y racial, así como por preferencia sexual y con ello ya tenemos sectores del pueblo cubano en áreas de mayor vulnerabilidad ante la crisis. Son fácilmente detectables, además. Esos que recibirán el impacto más directo son los de siempre, los nadies de Galeano, que también viven en esta isla.
Para atajar la crisis a tiempo, antes de que nos devaste aún más, las medidas deben tomarse con urgencia y sin miedo. Se trata de detener una caída que puede costarnos muy cara. Ya lo estamos apostando todo. No existen antecedentes de dos crisis de semejante magnitud golpear con menos de 30 años de diferencia. No en Cuba, al menos. No sabemos cuál será el costo social y político de ello. Yo no me arriesgaría. La administración actual de los Estados Unidos sabe esto. Ellos apuestan por esa destrucción y por eso están tomando medidas para empeorar nuestra crisis. Porque ellos saben que esta vez no queda tan clara la supervivencia.
Mi pregunta es: ¿lo sabemos nosotros?

martes, 22 de enero de 2019

Crónicas del retorno II

Entonces: ¿qué hacer?

Foto de la autora
Las aristas a abarcar son demasiadas y muy complejas para un post. No obstante, a riesgo de dejar muchas cosas sin decir y de pecar de simplificar demasiado, trataré de mencionar al menos lo que es, en mi opinión, más importante.

Sin ansias de entrar en un tema muy complejo y en el cual no soy especialista, no puedo dejar de mencionar que cualquier ajuste en la estrategia y la política económica cubana pasa por la revisión de los tipos de propiedad y la organización empresarial. Esto que puede hasta sonar obvio, ha sido largamente ignorado o maltratado en teoría y práctica. Los grupos empresariales existentes son monopolios que lejos de llevar al país hacia el progreso, nos han retrocedido a modelos de gestión arcaicos e ineficientes, burocráticos aparatos gigantescos que como ya se apuntó recientemente, son cuasi ministerios, y yo agregaría que se están tragando muchos de los recursos escasos con que cuenta el país y que ellos mismos generan. Eso se suma a una política de precios cuasi inexistente, que establece márgenes de beneficios claramente arbitrarios, sin estudios serios sobre el impacto que tendrá en el cubano promedio, por mencionar solo una de las distorsiones que introduce, y la deformada cultura organizacional de sistemas de dirección verticales, con espacio limitado para la autonomía y la participación en las decisiones que en vez de subir, bajan.

Y esto es solamente referido a la empresa estatal. En cuanto a los otros tipos de propiedad, apenas presentes en Cuba, queda demasiado por hacer. De las pymes ya he hablado con anterioridad, y por ahora no vamos a ahondar en ellas. Pero eso no es lo único, como tampoco lo es la cooperativa. Se pueden mencionar, por ejemplo, las organizaciones sin fines de lucro que cubren vacíos que los estados no son capaces de llenar. Por eso existen las asociaciones para la protección de animales, digamos, porque el brazo todopoderoso del estado cubano, no ha llegado hasta ahí.

Por otra parte, un problema fundamental a enfrentar en Cuba es la escasez de financiamiento para emprender proyectos e inversiones. Nada ha cambiado en dos siglos. Por esa razón, la mayor parte de los economistas cubanos ofrecen respuestas que de manera directa o indirecta brindarían alguna solución, como desarrollar industrias de exportación, incluida la exportación en fronteras, o solicitar créditos y abrir espacios a la inversión extranjera. Nada de eso está mal, pero vamos por partes.
De los créditos externos se sabe más o menos algo y lo obviaremos por este post. En cuanto a las inversiones, bueno, pueden venir con un costo adicional que se exprese en términos ambientales, sociales y hasta de desigualdad acentuada entre las regiones y sectores atractivos para los inversionistas y los que no. El manejo adecuado de ese capital define y determina el camino del crecimiento y del desarrollo. Pero no solo eso. Por regla general, Cuba se centra en la búsqueda de inversiones de alto monto para mega proyectos. ¿Por qué no considerar inversiones no tan elevadas que reanimen regiones pequeñas, como un astillero en Sagua o la modernización del combinado pesquero de La Coloma o un pequeño taller para producir textiles? Es más fácil encontrar cien inversionistas con 500,000 cada uno, que uno solo con 50,000,000. Y, claro, es más saludable diversificar que mantener al país atado a limitadas opciones de desarrollo.

Pero hay también una apuesta importante que se pierde de vista muchas veces: el mercado interno. De nada sirve comprar e importar bienes de consumo o de capital si el mercado nacional se encuentra estrangulado. Un mercado interno capaz de absorber parte de lo importado o producido internamente es necesario también para el desarrollo del país. Con el precario crecimiento de apenas el 1% exhibido en el año 2018, las posibilidades de desarrollar al país se ven cada vez más improbables en el corto plazo.

Los cubanos están viajando fuera de Cuba para importar bienes de consumo que son difíciles o imposibles de encontrar en la isla. Entonces, ¿no sería más viable considerar la apertura de esa misma oportunidad dentro de Cuba en lugares como la zona especial del Mariel, en vez de ver los dólares correr para Panamá y Cancún, por ejemplo? Permitir la compra en zonas francas en fronteras, y autorizar a trabajadores por cuenta propia a adquirir sus insumos en esos lugares, en dólares o euros o cualquier divisa, reduciría considerablemente la fuga de capitales que permanecerían en Cuba para reinvertir.

Y de trabajo por cuenta propia, solo un detalle: ¿por qué limitar las actividades que puedan ejercer? Es sabido que el número de empleos en el sector estatal se ha reducido en consideración en los últimos años. De igual forma, el único sector que estaba expandiendo la demanda de fuerza de trabajo era el privado nacional. Contraerlo limita las posibilidades de expandir el empleo en Cuba en un momento en que la economía se encuentra en crisis, y su propia naturaleza nos empujará hacia el desempleo. Después de experimentar muchas medidas durante los primeros años de la crisis de los ’90’s, no quedó más opción que introducir cambios estructurales, entre ellos la expansión del autoempleo, un eufemismo para referirse a la pequeña y mediana empresa nacional. Su objetivo fue amortiguar el efecto de la crisis en el desempleo, y sus resultados fueron positivos.

Sin embargo, todo lo anterior se convierte en letra muerta si no se comienza un proceso de descentralización paulatina que otorgue a los gobiernos locales la capacidad para decidir su propio destino con sus estrategias. Homogeneizar el territorio nacional, supeditar las regiones a la espera pasiva de lo que les pudiera llegar “de arriba” como parte del presupuesto, es condenarlos a la deformidad, como si a un bebé no lo bajaras del coche jamás y lo llevaras cargado a todas partes. El temor a la autonomía debe ser desterrado de los hacedores de política económica en Cuba. Las empresas necesitan autonomía, los gobiernos locales necesitan autonomía, y creer que la autonomía es la madre de la corrupción es asumir per se que todos somos ladrones, en el mejor de los casos. De hecho, la centralización a ultranza de los recursos es mucho más peligrosa en un país con necesidades tan heterogéneas. No podemos partir de la premisa errada de que descentralizar es abrir puertas al descontrol. La vida ha demostrado que centralizar los recursos no nos ha librado de ello, y además, ha costado caro en materia de desarrollo desigual dentro del país.

Y quizás entre lo más traído y llevado sobre la realidad nacional está la tasa de natalidad. Ni me detengo. Basta de decir que la emancipación femenina en Cuba es la causa. Poner sobre los hombros de las mujeres independientes y trabajadoras el peso de un problema demográfico tan grave es cuando menos, injusto. Hablemos de los salarios, la gravedad de los problemas de vivienda, la cantidad de hogares monoparentales dirigidos por madres solteras que apenas pueden llegar a fin de mes con las manutenciones que, por lógica derivada de los bajos salarios, establecen los tribunales. Sí, emancipadas estamos algunas, otras no se han enterado porque no nos engañemos, el fantasma oscuro de la sociedad patriarcal hace sombra permanente sobre nuestras cabezas todavía y no se destierra de un día para otro. Pero prometo volver sobre este tema en otro momento.

Y para ir terminando con esta segunda parte, hay que enfrentar la emigración como lo que es, un fenómeno social que pasa por todas las esferas, principalmente la económica y la política. El drenaje de jóvenes y no tan jóvenes, profesionales en muchos casos, hacia otros países en busca de mejores oportunidades representa para Cuba pérdida irreparable que compromete el futuro desde todos los puntos de vista: demográfico, social, y hasta económico y político. El punto de partida debe asumir que en lo básico la causa del problema se encuentra en una deficiencia real del país para brindar a los cubanos un salario y condiciones de trabajo decentes que les permitan sostenerse sin precariedad a sí mismos y su familia. Sin embargo, otros elementos gravitan sobre este fenómeno que son aún más complejos: burocracia administrativa que impide a los jóvenes realizarse como profesionales al limitar sus iniciativas, ostracismo en las organizaciones estatales, mentalidades estalinistas que consideran que toda idea que se salga de determinado esquema, es de hecho, contrarrevolucionaria. La lista puede ser muy larga.

Tenemos que abrir espacios de cooperación y participación social y económica que hagan sentir a los cubanos parte activa y no pasiva de la construcción de la sociedad. El interés social pasa por el conjunto de intereses individuales. No hay sociedad saludable que crezca anulando al individuo, como tampoco creo a ciegas en el egoísmo de Smith como único motor impulsor de la economía. Pero como dijera José Martí: “La generación actual es eminentemente individualista: la única manera de concebir el bien general es halagar y proteger el trabajo y el interés de cada uno”. Esa pudiera ser una arrancada interesante, porque otro cubano ilustre, Alejo Carpentier, ya lo dijo de otro modo: “… la grandeza del hombre está precisamente en querer mejorar lo que es. En imponerse tareas…”.