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miércoles, 18 de abril de 2018

De la cebolla y otros demonios (Parte II)

Foto de la autora
           ¡Finalmente! Yo quería escribir este post después de la unificación monetaria, pero por razones obvias me dije que mejor iba adelantando. El día de hoy marca un momento de definición política en Cuba con la transición en la presidencia del país. Mucho se ha dicho, especulado, y hasta mentido alrededor de este suceso.

La verdad es que la misión que le dejan al sucesor no es de juego. Haciendo un repasito breve sobre la Cuba de hoy, el próximo presidente recibe un país en crecimiento desacelerado, y me atrevo a decir que camino a una recesión, a pesar del anunciado crecimiento económico de 1.6% anual en 2017. Adicionalmente, la contracción de la Embajada de los Estados Unidos en la isla, así como las promesas de mano dura de la administración Trump han tenido un efecto adverso en varios sentidos. En mi opinión, los dos más importantes han estado en el sector turístico, una de las principales fuentes de ingresos en divisas al país, y con ello el sector privado (único en expansión como fuente alternativa de empleo), volcado en una proporción importante hacia servicios al turismo; y el sector de la inversión extranjera. De este último no tengo evidencias palpables, pero conociendo cómo reacciona el mercado, es lógico deducir que los potenciales inversores extranjeros contendrán sus deseos de poner dinero en un país cuyo desempeño futuro es como mínimo, dudoso. En adición a todo esto, no se debe menospreciar el impacto que la crisis económica y política venezolana han tenido en la economía de Cuba.

En este contexto, las válvulas de escape de la presión social se han cerrado. La emigración, por ejemplo, recibió su primer impacto con la eliminación de la política de pies secos, pies mojados, por el gobierno de Barack Obama y luego, el “casi cierre” de la Embajada de los Estados Unidos en La Habana y la medida tomada de recurrir a un tercer país (primero Colombia, luego Guyana) para tramitar las visas de emigrante, ha cargado al proceso migratorio legal hacia ese país de dificultades logísticas y financieras adicionales.

El mero hecho de que emigrar se considere medio de descompresión social es un indicador de la gravedad de la situación dentro del país. No constituye secreto para ninguno de nosotros las complejidades del día a día de cualquier cubano de a pie, así que no creo que se necesite invertir tiempo en lo que se sabe: la cebolla sigue cara.

La vía interna de supervivencia la constituye sin dudas el emergente sector privado. Ahora, no podemos engañarnos. Las señales emitidas por el estado cubano en los últimos meses no se pueden considerar alentadoras. Con independencia de la importancia de un reordenamiento necesario y una redimensión de la política impositiva, con los que puedo estar hasta de acuerdo de cierta forma, creo que el momento no ha sido el más feliz.

Las políticas públicas deben considerar dos elementos importantes a la hora de ser implementadas: su eficacia y su pertinencia. Puede que de cierta forma se haga necesaria la revisión de las licencias emitidas e imponer límites y controles. Ok. Pero forma y contenido no son un par dialéctico por gusto. En las actuales circunstancias de Cuba, en la que las reformas avanzan a la misma velocidad que se construye un edificio de dos plantas (una eternidad) y ante los elementos ya mencionados, la verdad es que se envía un mensaje contradictorio y negativo al contener la emisión de ciertas licencias, cerrar cooperativas exitosas como Scenius -cuya justificación pública fue muy vaga-, y se prometen unificaciones monetarias, mejores cosechas de papas y crecimiento económico futuro que no llega. Hay lujos que ya no podemos darnos y es hora de comprender que en la Cuba de hoy, la confianza política no es lo que solía ser.  

La realidad de la lentitud de los cambios programados con la reforma propuesta por los Lineamientos, la escasez de productos de primera necesidad, las limitaciones para encontrar un empleo que ayude a satisfacer las necesidades básicas con el salario percibido, la reducción del turismo, las dificultades para emigrar y la maldita circunstancia del agua por todas partes, se suma a una realidad política y social diferente a la de los años ’90, cuando el país enfrentó una crisis económica y social cuyo único precedente estuvo en la década del ’20 del mismo siglo, setenta años antes.

Los cubanos residentes en la isla, en su mayoría, recuerdan la crisis de los 90, y me atrevo a especular que pocos están dispuestos a repetir la experiencia. El reto para el nuevo presidente no es pequeño: por una parte, aliviar al país de la potencial recesión implementando las reformas ya acordadas y otras que se irán imponiendo por el camino y, simultáneamente, por la otra, alcanzar niveles de vida decentes. Recordemos: crecimiento económico no necesariamente significa desarrollo social. Todo esto, enfrentando la actual administración de Donald Trump y una situación de caos político en las izquierdas de la región.

Yo, francamente, no lo envidio. Le deseo, y espero con honestidad, que sepa estar a la altura de su momento, porque el que me preocupa de verdad, mi pueblo, merece y necesita esperanza.



lunes, 9 de abril de 2018

El siglo de las "opiniones"


Imagen tomada de Facebook
Usted va en un almendrón, en una guagua, en la botella, está esperando en una cola, o está revisando las publicaciones de otros en las redes sociales: ¿Cuántas opiniones escucha o lee en ese tiempo? ¿Cuántas personas emitiendo criterios, acertados o no, con un convencimiento digno de un Nobel? Casi nadie le discute a un físico nuclear o a un bioquímico o a un matemático, a menos que pertenezca a la misma rama. Por increíble que parezca, una parte importante de la humanidad cree que no hace falta estudiar para debatir sobre economía o política, y se siente con el total derecho de intervenir, criticar, gritar y ofender escupiendo supuestas verdades, sus verdades, a la cara de los otros.

Bueno, esas son pseudo-opiniones. Definidas así por una rama de la Economía llamada Behavioral Economics o Economía Conductual en español, se refiere a la opinión vertida por una masa nada despreciable de personas, que sin leer o informarse lo suficiente, debaten sobre temas de interés colectivo: con énfasis en la política o la economía, su prima más cercana. Las pseudo-opiniones son eso, ni siquiera son opiniones. No llegan a tanto. Si la base sobre la que usted está haciendo teoría es débil, y su bote hace agua, le recomiendo que salte del edificio de “verdades” que se ha construido, o se ponga un salvavidas.  

Las ciencias sociales han sido históricamente subestimadas y consideradas por muchos como pseudo-ciencias, en un intento por minimizar y ridiculizar sus esfuerzos por explicar nuestras sociedades. Sin embargo, y con la misma disposición que criticamos a un coach de futbol o de pelota, se discute sobre historia, política, economía, porque creemos –de manera errada, la mayor parte de las veces- que al rodearnos y al estar imbuidos en ellas, no necesitamos más que nuestras limitadas experiencias personales para emitir criterios especializados.

Usted puede decir que no le gustó una película, eso no lo hace crítico de cine. Puede decir, incluso, que daVinci estaba borracho cuando pintó La Gioconda. Criticar El Beso, de Klimt, o El Rapto de las Mulatas, de Carlos Enríquez. Usted, incluso, puede unirse a la sociedad de tierraplanistas, que casi medio milenio después de Galileo Galilei, afirma que la Tierra no es una esfera (o si queremos ser técnicos: esferoide oblato). Nada de eso lo convierte por obra y gracia de ningún espíritu santo, en crítico de arte o en físico o geógrafo. 

Exactamente lo mismo pasa con la economía. Digo esto porque sentimos la urgencia de desahogarnos por el pan duro y único de la bodega, por la unificación monetaria que parece casi una mentira más, por la limitación de las licencias para los cuentapropistas… y tantas otras cosas y medidas que pululan en nuestra realidad económica o social. (OJO: no estoy diciendo que esas medidas sean acertadas o desacertadas, es solo un ejemplo académico).

Lo que deseo se entienda, y por eso mismo me animé a escribir este blog, es que para hablar, debatir, conversar sobre este tema, o cualquier otro, se necesita estar informado. Lo que usted ve o percibe no es prueba de nada, aunque usted crea que sí. Mucho menos en Economía o Política. Usted puede defender el neoliberalismo (tengo amigos muy bien informados que lo hacen) pero necesita conocer lo que está defendiendo. Incluso identificar los puntos débiles de lo que defiende, porque los que se opongan usarán eso en su contra, y obvio, atacar a la persona va en detrimento de su argumento. Cuando se vea acorralado, sin elementos para defender su posición frente a un contrario mejor preparado, no saque una bazuca para matar cucarachas. Eso solo dice más de usted que del otro. Tome un tiempo para revisar sus juicios, busque respaldo científico y no pseudocientífico. Verifique las fuentes. No sea víctima de la desinformación en la era de la información. Crezca, para que pueda aportar elementos enriquecedores a un debate, en vez de atrincherarse en medias verdades, semi demostradas o no demostradas.

Incluso, entre los profesionales, los hay buenos, regulares y malos. Lo que pasa es que es aún más vergonzoso encontrarse profesionales que no tienen idea sobre lo que estudiaron. La cosa empeora cuando están en posiciones de poder que les permite aplicar en la práctica su ignorancia; pero ese no es el tema de este post, que nos conocemos.

Hubo un tiempo en Cuba en que dejé de decir que era economista, y mucho menos que daba clases de Economía Cubana. Aquello desataba siempre una ola de juicios, caras, y ojos retorcidos, seguidos por el comentario sarcástico: “Eso no existe”. No obstante, todo el mundo soltaba su discurso, disparatado en un 90 %, sobre eso que “no existía”. Bajo esa lógica, era como hablar y debatir sobre el hombre invisible, ¿no?

Convengamos en algo entonces: todos tenemos alguna idea (acertada o no) sobre economía. Igual tenemos ideas sobre arquitectura y arte, por ejemplo, pero eso no las valida. El respeto a la profesión debe comenzar por aquellos que no son especialistas. Usted puede emitir su criterio no especializado, pero entienda que es eso: solo un criterio aficionado sobre un tema para profesionales. Usted puede, sin embargo, leer, prepararse, informarse, y entonces será una persona con opinión, a pesar de no ser especialista. Y podrá comentar sobre los girasoles de Van Gogh o las cornisas de las catedrales barrocas, o sobre el Tratado de París con mejores argumentos. Pero no pretenda formarse una opinión de la nada, porque eso no es profesional, ni inteligente.

Solo pongo un ejemplo: basta revisar los resultados de lo que más de 50 años de subestimación del papel y la importancia de los economistas en las políticas de un país le han hecho al nuestro. Porque eso bueno sí tiene la economía: Para sufrir sus efectos no hace falta ser un perito...


martes, 27 de marzo de 2018

Homo homini lupus


Sólo las virtudes producen en los pueblos un bienestar constante y serio.
José Martí

El texto a continuación lo escribí hace un año, aproximadamente, en Cuba. No es de economía, pero economía y sociedad andan juntas. No es el objetivo de este trabajo ahondar en las causas más profundas de los problemas mencionados. Fue solo una auto-alerta. Un año después, viviendo fuera de la isla, siento que debe compartirse. No es accidental la frase de Martí.
Imagen tomada de
https://www.deviantart.com/art/HOMO-HOMINI-LUPUS-377552824

Este mes la Empresa Eléctrica me cortó la electricidad por error. Todavía no sé, porque nunca fui a investigar, por qué tuve que permanecer 24 horas a oscuras; perder la mitad de las cosas que tenía en el congelador; por qué mi papá se hizo quemaduras en la mano tratando de conectarla de nuevo porque en la Empresa, y cito: “tienen 48 horas para eso, y debe pagarse un sobrecargo de 3 pesos cubanos”, aunque se trate de un error, SU error.

Ayer fui por segundo sábado consecutivo (único día disponible que tengo) al mercado de cárnicos de PALCO que se encuentra en el edificio Atlantic[1] en el Vedado, y por segunda vez consecutiva, estaba cerrado en horario de atención al público porque estaban “recibiendo mercancía”. Crucé a un “timbiriche” estatal justo al frente a comprarme un refresco, y también estaban recibiendo mercancía. Me alejé una cuadra de mi verdadero objetivo, ya a punto de la deshidratación, y me tuve que comprar una Tukola light, caliente… (CALIENTE!!!) porque era lo único que tenían. Diez minutos más tarde, en la tienda de 1ra y Paseo, no me pudieron recibir la cartera en el guardabolsos porque no “tenían espacio”, aunque sí había 4 casillas disponibles, pero (a morirse ahora) no tenían las chapillas para ellas. Resumen: Tuve que subir un innecesario piso extra para guardarla.

Hoy, el cobrador del gas llegó a mi puerta. Llevo dos meses sin pagar. No coincidimos. Llego tarde a la casa, él pasa temprano.  El hombre amenazó con cortarme el gas, y toda la ira retenida de semanas acumuladas de maltrato sicológico explotó con el menos indicado. Con el único que tenía la razón. Después de una discusión que no vale la pena reproducir porque me avergüenza mi propia irracionalidad desplegada en pocos minutos, pactamos. Él, de repente, me dijo: “Yo no quiero cortarlo, yo necesito cobrarlo, porque me pagan 25 cuc por eso. Cuando alguien no paga, mi dinerito se ve amenazado… ¿entiende?”

Y entendí de golpe: Somos lobos.

Fui una loba descargando mi ira acumulada de repetidas desconsideraciones. Los cubanos vamos a veces así, dañándonos unos a otros sin reparo ni respeto por el otro. Los mecanismos establecidos o mal establecidos facilitan ese comportamiento de sobrevivencia. Da un poco de miedo. Me di miedo. Llegado un punto, el cobrador del gas representaba todos y cada uno de mis malos momentos de todo el mes, y mi parte irracional superó la racional y descargué súbitamente mi molestia reprimida.

Eso puede ser normal en la vida de los cubanos día tras día: Ponernos traspiés en cadena infinita, más allá de reglamentaciones absurdas establecidas. El deterioro económico ha conducido al deterioro social, no solo en términos básicos de indicadores, sino de comportamiento social, dinámica y sinergia grupal, nacional. Superados o no los obstáculos de las necesidades diarias, vaciamos sobre otros el malestar que terceros nos lanzan encima, y como la metáfora del camión de basura, dejamos que la ira nos gane.

Puede ser una cuesta abajo peligrosa. Grau San Martín dijo que esta era una isla de corcho, y que por mucho que trataron de hundirla, no se hundía. Algo me dice que nos estamos esforzando por batir el récord. El que multa los productos en una tienda, y cobra el pollo al doble de lo que cuesta, ¿le roba al estado? No. Nos roba a nosotros, al pueblo, a los que nos matamos trabajando, ganando un salario de risa muchas veces, ahorrando muchos días para cualquier cosita insignificante. A esos, a los jubilados, a las madres solteras, a los trabajadores honrados… (que todavía, por suerte, son un montón).

Pero hay agotamiento. Encuentro dificultades enormes para explicar a los extranjeros que vienen a Cuba por más que una visita de turismo, a aquellos que llegan a conocernos un poco mejor, me cuesta explicarles cómo sobrevivimos el día a día en un país con precios de primer mundo y salarios peores que muchos países del tercero. Y el manido tema de los ingresos sale a relucir todo el tiempo. La ineficiencia es de todos, desde los escaños más bajos de la cadena. No existe interés en la eficiencia. El desinterés y la desidia nos consumen como un cáncer brutal.

Y el costo de la sobrevivencia somos nosotros mismos. Es el estado de alerta y agresividad latente. Es el botero que te “coge” el cuc a 23, que solo hace recorridos de media cuadra, porque no viaja ya más de un municipio por 10 pesos cubanos. Es el carnicero que te “tumba” cada vez que puede, es la cebolla a… bueno, al precio que tenga ahora, es la recepcionista que no te escucha porque habla por teléfono sobre peluquería, es el empleado público que te tira la puerta en las narices, porque es horario de almuerzo, es el de la empresa eléctrica que te corta la electricidad sin verificar que la pagaste, es la tienda que no vende mientras recibe mercancía, es la ira con el cobrador del gas…

Lo peor es que nos hemos acostumbrado. Callamos a veces por no discutir, o, para citarnos apropiadamente, “para no buscar problemas”, y llenamos así una bolsa de descontentos y molestias que explota en cualquier momento, porque su capacidad es limitada. Ese sentimiento de culpa reflejada en el otro ha sustituido paulatinamente la solidaridad. La isla de corcho sigue flotando, pero sobre nuestras espaldas rotas a dentelladas. Deberíamos mirarnos hacia adentro. Identificar en el rostro del que nos agrede nuestro propio rostro agresor, pactar, hacernos la vida más fácil, o por lo menos, no tan dura. Ayudarnos, en fin. Algo me dice que nuestra supervivencia en el corto y en el largo plazo, pronto, -más pronto de lo que creemos- comenzará a depender de eso… y ojalá entonces, o ahora mismo, no sea demasiado tarde.




[1] La última vez que fui no existía ya.