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jueves, 15 de julio de 2021

Cuba, el 11 de julio, y el derecho a la ciudad

 


Con los pobres de la tierra

Quiero yo mi suerte echar

El arroyo de la sierra

Me complace más que el mar.

JM

            “La calle es de los revolucionarios” es una forma de ejercer con el lenguaje la exclusión, una manera de decirte que la ciudad no te pertenece, no tienes derecho a ella. A menos, claro, que seas revolucionario. Los procesos de exclusión social alcanzan su clímax en las ciudades por diversas razones. Las estructuras urbanas sincretizan diversas culturas, individuos, y por supuesto, posiciones sociales y políticas. En los márgenes de la vida de la ciudad, parte de ella y a la vez excluidos de ella, se encuentran los que no disfrutan de las ventajas de centro comercial y financiero, las poblaciones vulnerables, de bajos ingresos, concentradas casi siempre en áreas de mayor violencia física y psicológica.

            En la construcción social de las poblaciones objetivo, la deshumanización del otro es parte del discurso para ningunearlo. De esa forma se han tejido los mitos históricos que han facilitado la introducción de políticas racistas, misóginas, homofóbicas o de otro corte discriminatorio, en el mundo entero. Las estructuras de poder utilizan la estrategia de divide y vencerás en múltiples contextos, bajo diferentes circunstancias y con objetivos diferentes. El fin casi siempre es el mismo: subyugar a la obediencia a una parte de la población que es incómoda por algún motivo, que puede ser político, cultural, social o económico.

            Cuba ha construido un mito alrededor del “otro”, el que piensa diferente, el paria. Ese mito funciona en las dos orillas, por los dos extremos opuestos, de la misma forma: o estás conmigo o estás contra mí. No hay espacio para el disenso, para la búsqueda de un punto de inflexión, donde se encuentren los intereses de unos y otros. Con el tiempo, esos intereses se han polarizado y se han convertido en opuestos absolutos que no pueden coexistir. Entonces, el otro es un enemigo siempre, aunque no esté del otro lado, aunque comparta conmigo algunos puntos, aunque existan elementos de coincidencia, un acuerdo. Todo eso se va diluyendo entre los odios y los miedos, y un día solo va quedando el odio.

Los bayameses quemaron la ciudad antes que entregarla a los españoles. Ese acto histórico marca una de las primeras luchas en Cuba por el derecho a la ciudad. En la isla, la calle no es de los revolucionarios, ni la ciudad les pertenece en exclusivo. La ciudad es de todos. La ciudad que nos ha visto caminarla bajo el sol aterrillante de agosto buscando un muslo de pollo para los niños; la ciudad en la que nos hemos enamorado, llorado, reído y mojado en sus aguas turbias o transparentes; la ciudad de las colas y los boteros, de las guaguas repletas y de las paladares privadas. No hay un monopolio sobre las calles de la ciudad porque son de todos los que la habitamos y dejamos en ella un pedazo de alma y de desconcierto, los que le hemos trabajado y le hemos entregado la vida misma en cada esquina para que la ciudad brille. Todos, sin excepciones, los que vivimos el drama que es la ciudad, esa mole de concreto y asfalto que nos ha engullido y luego nos escupe transformados, somos también dueños de sus calles.

Hay que aprender de la historia, para no verla repetida. Ningún movimiento social con reclamos justos se ha podido silenciar con violencia. Recurrir a la brutalidad para negarle el derecho a su ciudad a algunos de sus habitantes es tan viejo como la humanidad. Hacerlo respaldado en el discurso del vandalismo sin distinciones ni matices, también. Es la forma primicia de exclusión social y política. Pero los ciudadanos van a luchar por recuperar ese derecho, tarde o temprano. Y si no pueden lograrlo a través del diálogo pacífico, la historia enseña que seguirán luchando, aunque tengan que quemar la ciudad hasta los cimientos, como los bayameses.

viernes, 11 de junio de 2021

En el puzzle del Ordenamiento

 


Cuba anunció anoche, durante la Mesa Redonda, que a partir del 21 de junio, y como medida temporal, las personas naturales no podrían hacer depósitos en USD. Hasta este momento, el USD ha operado como divisa de cambio en la economía cubana y desde que se anunciaron las reformas de la unificación monetaria, en el 2020, ha incrementado su tipo de cambio en el mercado informal de forma sistemática ejerciendo una presión inflacionaria sustancial en la economía. Es muy poco lo que puedo agregar a lo que mis colegas han dicho ya, así es que solo expondré mis ideas brevemente.

La disparidad del tipo de cambio oficial contra el del mercado informal –mucho más alto este último- unido al hecho de que el gobierno no vende dólares –medida que fue justificada con la escasez de esa moneda en las arcas nacionales- provocó el desplazamiento del mercado de dólares hacia el mercado informal que comenzó a mover entonces una cantidad considerable de esa divisa. Por razones lógicas, una proporción importante de esos dólares no ingresaban nunca al Banco Central y se movían constantemente en operaciones de compra-venta en el mercado informal.

Esta medida espera, posiblemente, incrementar la liquidez del BCC en el corto plazo. Anunciar que la fecha tope para depósitos en dólares es el 21 de junio fuerza a los poseedores de dólares a depositarlos de manera acelerada. De la misma forma, el efecto sobre la depreciación del peso cubano no se puede predecir en estos momentos. La tendencia natural del mercado a buscar alternativas y las opciones limitadas que va dejando la medida, obligará a desplazar las operaciones en MLC hacia otras monedas extranjeras. Algunos hablan del euro, y hay razones para creer que el candidato favorito puede ser la divisa europea. En cualquier caso, el costo de las remesas se verá afectado por los tipos de cambio del mercado que se sumará a los existentes costos de transferencia, ya de por sí, muy altos. La disyuntiva para los que envían dólares estará entre si enviar dólares en efectivo y que el receptor en Cuba corra con los costos del cambio, o enviar euros y el emisor corre con los costos en su país de origen. La otra opción sería transferir los dólares de forma directa y asumir los altos costos de transferencia. Como ya lo explicó Pavel Vidal, el costo del bloqueo se le está transfiriendo a la familia cubana.

Los dólares podrían seguirse comprando y vendiendo a ese precio que ya supera los 70 pesos cubanos –u otro al que se ajuste de forma natural- pero esta vez de tarjeta a tarjeta. El mercado encuentra, como la naturaleza, una salida. No siempre es la óptima, pero existirá. Puede ser esta u otra. Lo que pasa es que, en este caso, los dólares que se estarían moviendo no son físicos –en efectivo- y al final del día el estado ya los recaudó para realizar operaciones en el mercado internacional, que es lo importante, y ojo, necesario también.

Para aquellos que no reciben divisas y que hoy tienen que adquirirlas en el mercado informal y depositarlos en las tarjetas, esta política, aunque anunciada como transitoria, pudiera tener impactos aún más duros en su economía doméstica. De la misma forma que existe un mercado paralelo de dólares habrá un mercado paralelo de otras divisas, por ahora más escasas que el dólar, y por lo tanto, podríamos esperar que tan caras o más que este. En el cambio del euro por dólares el tenedor de euros tiene ventajas. En el cambio del peso cubano por euros, para depositarlos en la tarjeta en MLC, y que sea reevaluados en dólares en esa tarjeta al hacer las compras de los medios esenciales de vida en las tiendas habilitadas, es obvio que el tenedor de pesos pierde, y pierde dos veces. El peso cubano, en resumen, ha perdido funciones del dinero que hasta ahora cumplen otras divisas, y no las recuperará en el corto plazo.

La flexibilidad para adaptarse a los cambios de un país y una sociedad se mide en tiempos de crisis. Las crisis exponen las vulnerabilidades de los sistemas y ponen a prueba su capacidad para superarlas. La Tarea Ordenamiento aún está ajustando las costuras a la delicada situación nacional. Cualquier política pública debe contemplar sus múltiples impactos y sobre quiénes recaerá el costo fundamental de la política. Sobre todo, las políticas deben definir de forma clara quienes serán sus beneficiarios. Hasta ahora, el ganador de la Tarea Ordenamiento no ha sido el pueblo, ni sus más vulnerables componentes. A riesgo de sonar como disco rayado, me repito, la economía no es un ente abstracto que tiene vida propia en un vacío social. Nos impacta a todos, pero no de la misma forma. Comprender donde el impacto será mayor y aplicar políticas complementarias que ayuden a amortiguar su efecto es imprescindible en una sociedad que apuesta por la justicia social.

El bloqueo es un costo fijo en la economía cubana. Cuando se diseñan políticas, se conoce que está ahí y que su efecto es profundo y difícil de manejar. Por eso las políticas deben pensarse incluyendo al bloqueo como si fuera el huracán que nos devasta cada año. En otras palabras, hablar solo del bloqueo y obviar los elementos de manejo interno, en una mesa redonda donde se anuncia esta medida es subestimar la capacidad crítica del pueblo cubano. Eso, junto a los tropiezos visibles de la tarea ordenamiento, disminuye la confianza en las políticas públicas y en la gestión del gobierno. Aún esperamos las medidas complementarias más urgentes que pudieran ayudar al ajuste: redimensionamiento de la empresa estatal, por ejemplo, y la ampliación de las micro, pequeñas y medianas empresas. Todas las medidas anunciadas en este sentido son aún tímidas y muy limitadas. El tiempo es esencial en economía y en política, y no es infinito.


jueves, 7 de mayo de 2020

Respuesta al artículo “La bondad neoliberal de los entusiastas consejeros”, de Carlos Luque. Publicado en el periódico Granma el día 7 de mayo de 2020

EGranma de hoy publicó, a página completa, el artículo La bondad neoliberal de los entusiastas consejeros. Su mensaje primordial es criticar a los economistas cubanos que tratan de alertar sobre la necesidad de expandir la pequeña y mediana empresa privada nacional (PYMES) en las condiciones actuales de Cuba y el mundo. Con la brevedad que me permita este tema tan delicado, revisaré los argumentos brindados por el autor del trabajo y presentaré mis contra-argumentos. El Granma es el órgano oficial del PCC. Intuyo entonces que lo publicado en este periódico de tirada nacional es la posición oficial del gobierno de Cuba. Lo que se publica en el Granma, no queda en el Granma, para bien o para mal, queda para la historia. La historia rara vez perdona y va siendo hora de que se hagan trabajos de seriedad académica si se desea rebatir o debatir con académicos.

El primer argumento del periodista es que los economistas cubanos defensores de las PYMES no han considerado el panorama internacional de crisis económica y su potencial efecto en Cuba y el mundo. Eso es falso. La propuesta llega, precisamente, ante los peligrosos efectos de esa crisis mundial en nuestro país. Me explico. Primero, la diferencia entre la academia y el periodismo es que en la academia las elucubraciones tienen que ser explicadas, justificadas y respaldadas con evidencia teórica o empírica. El periodista nos demuestra que en el periodismo cubano eso no es necesario. Segundo, la crisis tendrá varios efectos, pero dos serán fundamentales en Cuba, y nos concentraremos ahí: contracción de inversiones -nacionales y extranjeras- y reducción significativa de los accesos a créditos internacionales. Resumen, nada de dinero para invertir, y nada de inversiones para impulsar la economía, crecer, y darle trabajo o mantener el nivel de empleo actual. Eso significa que tal y como pasó en los noventa veremos una contracción (que comenzó hace años ya) del empleo en el sector público cubano. El sector que lleva años creciendo y absorbiendo parte de la mano de obra cesante que el sector público (estatal) ya no puede ni tiene capacidad para absorber, es el privado. Del año 2009 al 2016, el sector estatal redujo el empleo en 998,800 puestos de trabajo. En el mismo período, el sector no estatal (privado nacional y cooperativo) aumentó sus puestos de trabajo en 517,500[i]. Absorbió así, más de la mitad de los que quedaron cesantes del sector público nacional.

El segundo argumento de este periodista es que no se deben proponer medidas precipitadas. ¿Precipitadas? ¿En serio? La expansión del trabajo por cuenta propia data de 1993. Las idas y venidas al respecto tienen mucho que ver con las propias idas y venidas típicas de las economías en cuanto a centralización vs. descentralización, y en el caso de los países socialistas como Cuba, en el antiguo debate teórico (y práctico) entre plan y mercado. En los ‘90 tuvimos que precipitarnos. La resistencia a tomar las medidas a tiempo retardó la toma de decisiones y empeoraron el impacto de la crisis. Espero que el periodista no esté sugiriendo que esperemos a tener el agua en los pulmones para tratar de salvar la economía y la sociedad cubana.

El tercer argumento del periodista se refiere a la fragilidad de las economías de mercado para lidiar con la crisis del COVID19. Bueno, algunas economías de mercado han fracasado masivamente. Hay, sin embargo, ejemplos exitosos en algunos estados capitalistas como Nueva Zelanda. Costa Rica, justo al doblar de la esquina, también ofrece un ejemplo interesante desde la perspectiva de Latinoamérica. Para ser estrictos, hay que ver TODOS los ejemplos posibles antes de lanzar ese tipo de afirmaciones categóricas. Los matices son importantes. Los sistemas de salud privados han fracasado en general en el manejo de esta crisis. Los sistemas de salud públicos la han manejado mejor. La moraleja es que la salud es un derecho humano, más allá de las ideologías políticas o los sistemas económicos.  

El otro argumento del periodista se refiere al caso especial de China. Estamos de acuerdo, China y Cuba son completamente diferentes. Pero, ¿lo son? Vamos a asumir, por el bien del debate, que sí. Los economistas cubanos no han afirmado categóricamente que se adopten acríticamente los ejemplos de China y Vietnam. Se trata de usar capacidades existentes para frenar o amortiguar el deterioro de las condiciones de vida de los cubanos. Muchas PYMES ya están ahí, los cubanos con capacidad y deseos de emprender nuevas iniciativas, también. Existe un sistema impositivo que ayudará al estado cubano a recaudar impuestos para la redistribución social. El turismo verá una contracción significativa en los próximos años. Su recuperación será de mediano a largo plazo. Cuba necesita desesperadamente, y la palabra la uso a propósito, reorientar y expandir su espectro de opciones para el crecimiento y desarrollo. Las PYMES nacionales parecen, a corto plazo, la opción más viable. No hay que caerle atrás a nadie en el mercado mundial, no hay que renegociar términos y condiciones de pagos y se alivia el estado cubano del peso de un grupo de problemas que podrían, al menos parcialmente, ser resueltos por las PYMES, incluida la absorción de una masa nada despreciable de cubanos que han visto o verán sus empleos desaparecer bajo el eufemismo de “disponibilidad”.

Dice el Granma que caemos en teorías conspirativas sobre la burocracia. Aquí ni me detengo. Si el periodista quiere debatir con seriedad sobre estructuras rígidas y burocráticas, que empiece por revisar GAESA, el OSDE más monstruoso y abarcador en nuestra economía, subordinado a las FAR. Un ejemplo claro de la centralización burocrática de poder económico y político en el país.

Antes de terminar, una aclaración al periodista. El trabajo ideológico no se hace detrás de un buró tecleando en una computadora sin solidez ni seriedad académica. De hecho, el trabajo político ideológico no se hace en abstracto. El socialismo tiene el deber de superar al capitalismo, no de sustituirlo. Bajo esa premisa, el socialismo TIENE que ser capaz de dar las herramientas al pueblo para que este satisfaga sus necesidades, al menos las básicas. La economía no es un ente abstracto que podemos ignorar y darle la espalda, o vilificar y transformar en nuestra enemiga ideológica. Las leyes de la economía de mercado operan sobre Cuba también, hacia lo interno y en sus relaciones hacia lo externo. Operan incluso en el proceso de planificación. Se tienen que contemplar y conocer para planificar. Los economistas no somos enemigos del pueblo y es hora de superar esa arcaica concepción que tanto daña al país. Los economistas SOMOS el pueblo también. Basta de creer que se hace ciencia en una torre de marfil sin buscar el ticket en la cola del pollo o estar horas en una parada esperando una guagua.

El nivel de empleo, los precios, los ingresos personales, son todos categorías que usamos los economistas, pero son índices sociales. Es cierto que algunos colegas pueden caer en tecnocracias o economicismos. Me consta que no son la mayoría. Y si esa es una preocupación, pues podemos comenzar a formar políticos públicos y administradores públicos en las universidades cubanas. Así tendremos expertos capaces de conciliar múltiples campos de las ciencias sociales, entrenados en adoptar una perspectiva multidisciplinaria para pensar estos temas y otros de más complejidad. Pero ojo, los políticos públicos y administradores públicos también saben de economía y trabajan con economistas.  

Por último, tengo dos preguntas para el periodista. Primero, me quedé esperando las razones por las que promover las PYMES en Cuba es una medida neoliberal. Segundo, ¿cuál es su propuesta alternativa? Por mucho que leí, no encontré ninguna.



[i] Vidal, P. (2018). Is Cuba's Economy ready for the 2018 leadership transition? . Cuba Study Group. Obtenido de: www.cubastudygroup.org


miércoles, 12 de febrero de 2020

Ventanas rotas o los balcones derrumbados de mi Habana

Foto de la autora

James Q. Wilson y George L. Kelling, dos académicos de Estados Unidos, publicaron el artículo “Broken Windows” (Ventanas Rotas, en español) sobre seguridad urbana en el año 1982. Usaron la metáfora de las ventanas rotas como símbolo de la desprotección y el desinterés gubernamental en algunos barrios más peligrosos del país. Esencialmente, Wilson y Kelling argumentan que una ventana rota a propósito en un barrio marginal no sería prioridad de la policía, o del gobierno local, que estarían preocupados resolviendo problemas más graves en la comunidad. Pero esa ventana rota sin resolver se convierte en una invitación al vandalismo, porque demuestra que ese tipo de comportamientos no son socialmente castigados. Una ventana rota es una abertura a la delincuencia y la inseguridad. Un barrio descuidado, es un barrio inseguro.

Este artículo es paradigmático para educar sobre urbanismo y gobernanza. En esencia, un barrio destruido es más vulnerable, y no solo en el sentido literal del peligro que representan para la vida de sus habitantes. Eso explica no solo las consecuencias negativas de la marginalidad, sino también sus efectos sicológicos y sociales, incluso culturales, sobre aquellos que los habitan. La desidia se apodera de las edificaciones en mal estado, la cultura de la no responsabilidad se entroniza y la ciudad sufre, ya no tan en silencio, y se va desmoronando. El desmoronamiento de la arquitectura es un espejo de la decadencia social y económica. Espero que eso no sea noticia para nadie.

El impacto en la psiquis de los que cada día regresan a una comunidad vulnerable, en todos los sentidos, se traduce en apatía, en el mejor de los casos, oposición y rebeldía hacia el sistema imperante, en otros. No se puede desconectar nada en la sociedad, porque ella funciona como un organismo vivo y cada elemento que se altere va a tener un efecto dominó sobre los demás: economía y política, fundamentalmente.

La apatía ayuda al estatus quo. La no participación es una forma de participación. Un análisis que rara vez he visto conectado al caso cubano. Pero los no participantes están sentados en la cerca de la indecisión hasta que un proyecto, o un político, o un grupo social los atrae. Puede ser una congregación religiosa de ultra conservadurismo, como la nueva tendencia evangélica que se ha ido despertando en Cuba en los últimos años. Nada de esto es casualidad. Somos seres sociales y pensantes, necesitamos la esperanza y esa esperanza llega de muchas formas: la fe religiosa y un grupo social en el que nos aceptan sin hacer preguntas, es una de ellas.

No, no es solo La Habana la que sufre los derrumbes. La ciudad no es un ente abstracto. Cada balcón es una puerta abierta a una familia que libra sus propias batallas personales, muchas de ellas conectadas a nuestras batallas colectivas. La inacción es una forma de política pública, y es la menos adecuada en este momento. El pueblo de Cuba está viendo que su capital cumplió 500 años ya y que los esfuerzos por recuperarla son mínimos, que más allá de los barrios que son la cara de La Habana, casi nada más importa. Eso es lo que sentimos, sea exagerado o no el sentimiento. Los sentimientos son reales como la caída de un edificio. No se puede subestimar el sentimiento colectivo de abandono, reflejado en la realidad de los derrumbes físicos y en otros no tan evidentes.

Con esto les quiero decir que salvar nuestra arquitectura, nuestras ciudades, es tan importante para salvar al país como desarrollar la economía. Mucho depende de eso, además de las vidas humanas, aunque no se entienda. Esa es la cara que vemos, ese es el reflejo percibido de que importamos.


martes, 16 de abril de 2019

Déjà vu: crisis y castigo


Imagen tomada de Internet
Esta película ya la vimos, y miramos con ojos entrecerrados por la sospecha el panorama tempestuoso que nos espera. Los detalles son muchos, y al mismo tiempo, cada vez más similares a lo ya vivido. Digamos que el primer indicio fue la crisis política venezolana. A partir de ahí las señales son repeticiones irónicas de la historia: anuncio de que los periódicos tendrán menos páginas, que los próximos meses serán “duros”, que los huevos no serán vendidos por la libre, y que el avestruz y la jutía son muy nutritivos. Bueno, admito que esto último es nuevo, pero tenía que decirlo o reventaba.
De crisis nadie puede hacernos historias, los cubanos en eso somos casi expertos. Apenas recuperados de la crisis de los ’90, nos enfrentamos a ¿otra?  crisis, cuyo alcance todavía está por definir. Las similitudes entre los detonantes (crisis de socios políticos y económicos importantes en ambos casos) y los efectos,  son una muestra de que la crisis contemporánea es una continuación de la de los noventa, cuyo impacto de largo plazo ha acentuado las deformaciones de la estructura económica de Cuba, la penosa deuda externa renegociada múltiples veces, los rotos o frágiles procesos inversionistas y la aún incipiente empresa privada nacional, cuyo alcance se reduce casi en exclusiva al sector de la gastronomía, uno muy vulnerable a las recesiones.
Sin embargo, las diferencias son también vitales para comprender la nueva situación y actuar en correspondencia. Mientras la crisis de los noventa podría haberse dicho que “nos tomó por sorpresa”, esta ha sido perfectamente predecible. Yo misma la predije en un post en este mismo blog el 6 de abril de 2017, hace dos años, y no fui la única, por supuesto. La literatura sobre recesiones está llena de propuestas para paliar los efectos de una crisis aunque sea inevitable. Como poner los brazos por delante cuando se cae de frente.
El problema de las crisis es que no son una cosa abstracta y lejana de la que solo hablan los indicadores económicos. Las crisis marcan las sociedades y las laceran. Afectan la solidez de las ideologías, desmantelan la confianza política en los gobiernos que las enfrentan, y en algún punto, su manifestación deja de ser económica para convertirse en crisis sistémica, que se extiende hacia lo social y lo político.
Mientras los cubanos entramos en condiciones más o menos similares en la crisis de los 90, gracias a los niveles de equidad social logrados en las décadas anteriores, esta vez las circunstancias son completamente diferentes. La brecha social se ha abierto en la sociedad cubana y la desigualdad se expresa de múltiples formas. Existe desigualdad entre la capital y el resto del país, entre las zonas urbanas y las rurales, entre blancos y negros, entre mujeres y hombres, entre los que tienen acceso a divisas y los que no. Dentro de las propias zonas urbanas existen áreas privilegiadas. Sumemos además la discriminación de género y racial, así como por preferencia sexual y con ello ya tenemos sectores del pueblo cubano en áreas de mayor vulnerabilidad ante la crisis. Son fácilmente detectables, además. Esos que recibirán el impacto más directo son los de siempre, los nadies de Galeano, que también viven en esta isla.
Para atajar la crisis a tiempo, antes de que nos devaste aún más, las medidas deben tomarse con urgencia y sin miedo. Se trata de detener una caída que puede costarnos muy cara. Ya lo estamos apostando todo. No existen antecedentes de dos crisis de semejante magnitud golpear con menos de 30 años de diferencia. No en Cuba, al menos. No sabemos cuál será el costo social y político de ello. Yo no me arriesgaría. La administración actual de los Estados Unidos sabe esto. Ellos apuestan por esa destrucción y por eso están tomando medidas para empeorar nuestra crisis. Porque ellos saben que esta vez no queda tan clara la supervivencia.
Mi pregunta es: ¿lo sabemos nosotros?

martes, 22 de enero de 2019

Crónicas del retorno II

Entonces: ¿qué hacer?

Foto de la autora
Las aristas a abarcar son demasiadas y muy complejas para un post. No obstante, a riesgo de dejar muchas cosas sin decir y de pecar de simplificar demasiado, trataré de mencionar al menos lo que es, en mi opinión, más importante.

Sin ansias de entrar en un tema muy complejo y en el cual no soy especialista, no puedo dejar de mencionar que cualquier ajuste en la estrategia y la política económica cubana pasa por la revisión de los tipos de propiedad y la organización empresarial. Esto que puede hasta sonar obvio, ha sido largamente ignorado o maltratado en teoría y práctica. Los grupos empresariales existentes son monopolios que lejos de llevar al país hacia el progreso, nos han retrocedido a modelos de gestión arcaicos e ineficientes, burocráticos aparatos gigantescos que como ya se apuntó recientemente, son cuasi ministerios, y yo agregaría que se están tragando muchos de los recursos escasos con que cuenta el país y que ellos mismos generan. Eso se suma a una política de precios cuasi inexistente, que establece márgenes de beneficios claramente arbitrarios, sin estudios serios sobre el impacto que tendrá en el cubano promedio, por mencionar solo una de las distorsiones que introduce, y la deformada cultura organizacional de sistemas de dirección verticales, con espacio limitado para la autonomía y la participación en las decisiones que en vez de subir, bajan.

Y esto es solamente referido a la empresa estatal. En cuanto a los otros tipos de propiedad, apenas presentes en Cuba, queda demasiado por hacer. De las pymes ya he hablado con anterioridad, y por ahora no vamos a ahondar en ellas. Pero eso no es lo único, como tampoco lo es la cooperativa. Se pueden mencionar, por ejemplo, las organizaciones sin fines de lucro que cubren vacíos que los estados no son capaces de llenar. Por eso existen las asociaciones para la protección de animales, digamos, porque el brazo todopoderoso del estado cubano, no ha llegado hasta ahí.

Por otra parte, un problema fundamental a enfrentar en Cuba es la escasez de financiamiento para emprender proyectos e inversiones. Nada ha cambiado en dos siglos. Por esa razón, la mayor parte de los economistas cubanos ofrecen respuestas que de manera directa o indirecta brindarían alguna solución, como desarrollar industrias de exportación, incluida la exportación en fronteras, o solicitar créditos y abrir espacios a la inversión extranjera. Nada de eso está mal, pero vamos por partes.
De los créditos externos se sabe más o menos algo y lo obviaremos por este post. En cuanto a las inversiones, bueno, pueden venir con un costo adicional que se exprese en términos ambientales, sociales y hasta de desigualdad acentuada entre las regiones y sectores atractivos para los inversionistas y los que no. El manejo adecuado de ese capital define y determina el camino del crecimiento y del desarrollo. Pero no solo eso. Por regla general, Cuba se centra en la búsqueda de inversiones de alto monto para mega proyectos. ¿Por qué no considerar inversiones no tan elevadas que reanimen regiones pequeñas, como un astillero en Sagua o la modernización del combinado pesquero de La Coloma o un pequeño taller para producir textiles? Es más fácil encontrar cien inversionistas con 500,000 cada uno, que uno solo con 50,000,000. Y, claro, es más saludable diversificar que mantener al país atado a limitadas opciones de desarrollo.

Pero hay también una apuesta importante que se pierde de vista muchas veces: el mercado interno. De nada sirve comprar e importar bienes de consumo o de capital si el mercado nacional se encuentra estrangulado. Un mercado interno capaz de absorber parte de lo importado o producido internamente es necesario también para el desarrollo del país. Con el precario crecimiento de apenas el 1% exhibido en el año 2018, las posibilidades de desarrollar al país se ven cada vez más improbables en el corto plazo.

Los cubanos están viajando fuera de Cuba para importar bienes de consumo que son difíciles o imposibles de encontrar en la isla. Entonces, ¿no sería más viable considerar la apertura de esa misma oportunidad dentro de Cuba en lugares como la zona especial del Mariel, en vez de ver los dólares correr para Panamá y Cancún, por ejemplo? Permitir la compra en zonas francas en fronteras, y autorizar a trabajadores por cuenta propia a adquirir sus insumos en esos lugares, en dólares o euros o cualquier divisa, reduciría considerablemente la fuga de capitales que permanecerían en Cuba para reinvertir.

Y de trabajo por cuenta propia, solo un detalle: ¿por qué limitar las actividades que puedan ejercer? Es sabido que el número de empleos en el sector estatal se ha reducido en consideración en los últimos años. De igual forma, el único sector que estaba expandiendo la demanda de fuerza de trabajo era el privado nacional. Contraerlo limita las posibilidades de expandir el empleo en Cuba en un momento en que la economía se encuentra en crisis, y su propia naturaleza nos empujará hacia el desempleo. Después de experimentar muchas medidas durante los primeros años de la crisis de los ’90’s, no quedó más opción que introducir cambios estructurales, entre ellos la expansión del autoempleo, un eufemismo para referirse a la pequeña y mediana empresa nacional. Su objetivo fue amortiguar el efecto de la crisis en el desempleo, y sus resultados fueron positivos.

Sin embargo, todo lo anterior se convierte en letra muerta si no se comienza un proceso de descentralización paulatina que otorgue a los gobiernos locales la capacidad para decidir su propio destino con sus estrategias. Homogeneizar el territorio nacional, supeditar las regiones a la espera pasiva de lo que les pudiera llegar “de arriba” como parte del presupuesto, es condenarlos a la deformidad, como si a un bebé no lo bajaras del coche jamás y lo llevaras cargado a todas partes. El temor a la autonomía debe ser desterrado de los hacedores de política económica en Cuba. Las empresas necesitan autonomía, los gobiernos locales necesitan autonomía, y creer que la autonomía es la madre de la corrupción es asumir per se que todos somos ladrones, en el mejor de los casos. De hecho, la centralización a ultranza de los recursos es mucho más peligrosa en un país con necesidades tan heterogéneas. No podemos partir de la premisa errada de que descentralizar es abrir puertas al descontrol. La vida ha demostrado que centralizar los recursos no nos ha librado de ello, y además, ha costado caro en materia de desarrollo desigual dentro del país.

Y quizás entre lo más traído y llevado sobre la realidad nacional está la tasa de natalidad. Ni me detengo. Basta de decir que la emancipación femenina en Cuba es la causa. Poner sobre los hombros de las mujeres independientes y trabajadoras el peso de un problema demográfico tan grave es cuando menos, injusto. Hablemos de los salarios, la gravedad de los problemas de vivienda, la cantidad de hogares monoparentales dirigidos por madres solteras que apenas pueden llegar a fin de mes con las manutenciones que, por lógica derivada de los bajos salarios, establecen los tribunales. Sí, emancipadas estamos algunas, otras no se han enterado porque no nos engañemos, el fantasma oscuro de la sociedad patriarcal hace sombra permanente sobre nuestras cabezas todavía y no se destierra de un día para otro. Pero prometo volver sobre este tema en otro momento.

Y para ir terminando con esta segunda parte, hay que enfrentar la emigración como lo que es, un fenómeno social que pasa por todas las esferas, principalmente la económica y la política. El drenaje de jóvenes y no tan jóvenes, profesionales en muchos casos, hacia otros países en busca de mejores oportunidades representa para Cuba pérdida irreparable que compromete el futuro desde todos los puntos de vista: demográfico, social, y hasta económico y político. El punto de partida debe asumir que en lo básico la causa del problema se encuentra en una deficiencia real del país para brindar a los cubanos un salario y condiciones de trabajo decentes que les permitan sostenerse sin precariedad a sí mismos y su familia. Sin embargo, otros elementos gravitan sobre este fenómeno que son aún más complejos: burocracia administrativa que impide a los jóvenes realizarse como profesionales al limitar sus iniciativas, ostracismo en las organizaciones estatales, mentalidades estalinistas que consideran que toda idea que se salga de determinado esquema, es de hecho, contrarrevolucionaria. La lista puede ser muy larga.

Tenemos que abrir espacios de cooperación y participación social y económica que hagan sentir a los cubanos parte activa y no pasiva de la construcción de la sociedad. El interés social pasa por el conjunto de intereses individuales. No hay sociedad saludable que crezca anulando al individuo, como tampoco creo a ciegas en el egoísmo de Smith como único motor impulsor de la economía. Pero como dijera José Martí: “La generación actual es eminentemente individualista: la única manera de concebir el bien general es halagar y proteger el trabajo y el interés de cada uno”. Esa pudiera ser una arrancada interesante, porque otro cubano ilustre, Alejo Carpentier, ya lo dijo de otro modo: “… la grandeza del hombre está precisamente en querer mejorar lo que es. En imponerse tareas…”.

viernes, 4 de enero de 2019

Crónicas del retorno I

“Regreso a la cuna que me vio nacer…”
Cuba, Isla bella. Orishas

“Yo no me fui, yo me alejé un poquito,
Desde más lejos se oye más bonito…”
Habana Abierta

Foto de la autora
El tiempo se dilata o se contrae a voluntad, o sea, es relativo. Las islas, por su parte, tienen ese tempo desordenado de los que no se ajustan. Un retardo natural con respecto a un mundo que la rodea y la empuja por un camino que la isla no recorre a la misma velocidad. Los isleños vivimos en un universo paralelo, separados, mirando estupefactos y anhelantes al cambiante planeta alrededor. Alguna vez alguien me comentó que, según estudios, la insularidad determinaba cierta sicología social entre sus habitantes. Sería interesante confirmar esas investigaciones.

Para centrarme en lo que quiero decir, todo fue exactamente como me lo contaron, excepto el rechazo. Es verdad el olor a luz brillante en cuanto sales del avión, el vapor del ambiente, lo feo del aeropuerto, y la falta de color. Es verdad que “la cosa está peor con el transporte” (y todo lo demás, debo agregar), y es verdad que la gente luce apagada por momentos. No mintieron mis amigos, los “ex cubanos”, cuando me advirtieron sobre las dificultades para reinsertarse en la sociedad cubana luego de haber vivido en otra cultura por un tiempo más o menos largo.

Para mí, no hubo muchas sorpresas. La carraspera en la garganta por un polvo que ya era ajeno, fue quizás lo más molesto al inicio. Pero La Habana es la misma. Tal como la dejé, me recibe. Solo percibí algo nuevo, al menos para mí: un mal humor contenido que se mueve por debajo de la piel, y brota en el momento menos esperado.

Pero vamos por partes. La esperanza es una criatura frágil. No importa cuánto nos digan que es lo último que se pierde, porque cuando se va, es muy difícil recuperarla. Igual pasa con la confianza política y la seguridad en el futuro. Díaz-Canel recibe un país en crisis. Y cuando hablo de crisis me refiero a una crisis sistémica que ataca lo social, lo político y lo económico. A ella habría que sumar la crisis estructural de la economía cubana que de permanente ya podría comenzar a llamarse crónica. En un contexto de extrema vulnerabilidad externa e interna, matizado por ajustes comerciales en el ámbito internacional, de incertidumbre y potencial desbalance de poderes a nivel global y de posible reestructuración geo-política (considerando las últimas acciones de agresión del Presidente Donald Trump a los aliados tradicionales de los Estados Unidos y otros movimientos no tan sutiles que se han hecho desde el Kremlin y Beijing), Cuba lanzó una última pedrada (espero) al tambaleante edificio de la reestructuración interna.

Como quien mata mosquitos a cañonazos, la nueva legislación sobre el trabajo por cuenta propia ha sido solo un síntoma que apenas araña la superficie de las causas subyacentes del fenómeno. Se impone arrancar la venda economicista, despegarse de las pasiones y tomar perspectiva. Los cubanos estamos en presencia de una transición política importante cuyo inicio lo marcó la retirada de Fidel Castro. Como a la rana de la historia: nos han hervido. Hemos caminado siguiendo la zanahoria frente a nosotros sin poderla probar. Las medidas y contramedidas son el combustible que mantiene a los cubanos andando hacia un futuro que ni siquiera se puede discernir claramente, porque NO está planificado. Las idas y venidas dentro de los lineamientos han servido solamente para distraer nuestra atención de lo importante: Cuba está cambiando de rumbo, pero no sabemos hacia dónde va.

En este desbalance, lo que sí no deja dudas es la incertidumbre. Los debates sobre la constitución en este contexto pueden interpretarse como pan y circo. El Artículo 5 mantiene al Partido como fuerza dirigente y a prueba de constituciones. De acuerdo con las estadísticas brindadas (no vale la pena ni mencionarlas) resulta que lo más debatido ha sido el Artículo 68 con su “revolucionario” cambio de palabras. De repente siento que en vez de en un estado laico, estamos viviendo en la Europa Medieval y la iglesia puede decidir nuestro destino. Interesante que se regule, justo ahora, el tiempo que se puede permanecer en cargos de dirección a dos mandatos y se establezca una edad máxima –lo de la mínima no me convence- para determinadas posiciones. También resulta significativo que se vaya a incluir la separación de poderes. ¿A nadie se le ocurrió la necesidad de algo como eso desde hace muchos años? Digo yo. Claro, más vale tarde que nunca.

Por otra parte, los reajustes realizados a la ley que regula el TPC[1] son todavía limitados y apenas alcanzan para atacar los efectos, y nunca las causas, de los verdaderos problemas de la Cuba actual. La llegada del internet de datos a nuestros celulares a precios prohibitivos para la media de ingresos nacional, es una atrasada entrada al mundo contemporáneo. Aún así, es imprescindible para llevar a Cuba al presente, y en adición, otra vez abrir las puertas a la esperanza en un país sumido en una crisis que ya es, repito, crónica. Mientras tanto, la sociedad cubana refleja un cansancio de décadas. No se puede olvidar que en menos de 30 años Cuba ya atravesó una crisis profunda cuyo impacto social todavía queda por estudiar, porque preocupados por el impacto económico, hemos prestado poca o ninguna atención al impacto que en la sociedad cubana tuvo el Período Especial. Siempre digo que la verdadera historia de los 90 aún está por escribir. Y en el período de recuperación de esa crisis, que nunca llegó a ocurrir totalmente, casi en el aniversario 30 de la caída del Muro de Berlín, estamos ante las puertas negras de otra crisis, que pudiera ser muy similar si no se toman las medidas necesarias a tiempo.

Para aquel que se pregunte todavía por qué, aquí van dos detalles comparativos:

Detonantes externos: En el caso de los 90 fue la desaparición del campo socialista, ya analizada in extenso. En este momento, podemos mencionar la crisis política venezolana, con el costo aparejado en materia de entrada de petróleo a Cuba, por mencionar el elemento más significativo.  En adición a ello, tenemos otros dos impactos: la llegada de Trump y luego Bolsonaro al poder en EUA y Brasil respectivamente. Se suman entonces el retroceso en el inicio de los cambios de política exterior con los Estados Unidos en materia de percepción, fundamentalmente, y los cerca de 300 MM anuales que dejarán de ingresar de golpe al país, en el caso de Brasil.

Reestructuraciones internas: Ambas coinciden con procesos de ajuste interno. La rectificación de errores y tendencias negativas, a fines de los 80; y los Lineamientos, en el caso presente.

Ahora enfrentamos una agravante, la contracción de la pequeña empresa cubana en el momento actual lleva consigo una reducción del consumo interno cuando aún no existen condiciones para apostarle todo al mercado externo. Pero este tema merece post aparte.

Entonces, ¿qué hacer? O más importante aún: y es en este contexto en el que yo he regresado a Cuba…



[1] Trabajo por Cuenta Propia

lunes, 25 de junio de 2018

Burbuja

Imagen tomada de Pinterest

"Can anybody fly this thing? (...) 
We've been living life inside a bubble (...) 
Can anybody stop this thing?"

De la canción High Speed, del grupo Coldplay


Un día el mundo despertó dividido por una gigantesca burbuja. Una parte de la humanidad quedó atrapada dentro; la otra, fuera. Al inicio, quisieron comprender. Luego, atacaron las sólidas paredes transparentes con las armas disponibles, pero sobre la superficie pulida no apareció ni un rasguño.

Amigos y familiares quedaron separados, y mientras científicos, políticos e intelectuales trataban de encontrar una salida, la humanidad sufría y, paulatinamente, también se adaptaba.

Al cabo de unos años ya nadie buscaba soluciones. Los de adentro, despreciaban a los de afuera. Los de afuera decidieron que no había nada adentro que pudiera interesarles. Los intelectuales escribieron largos ensayos sobre el tema, con fuertes críticas a los políticos, -de ambos lados- que de forma vulgar se beneficiaban de la circunstancia, y los científicos, al principio tan preocupados, terminaron estudiando temas más trascendentales para la supervivencia. Cada parte se concentró en las carencias y no en las ventajas de su posición, y a lo largo de los años, el rechazo de un lado por el otro se fue arraigando hasta transmitirse de generación en generación.

Ya no existe la burbuja. Un día, como por milagro, desapareció. Nadie pudo notarlo porque estaban ocupados en mantener dentro a los de adentro y fuera a los de afuera. Nacieron así cientos de burbujas, como límites etéreos, que con el tiempo comenzaron a llamarse países.

miércoles, 9 de mayo de 2018

Asignatura pendiente: Pequeña y mediana empresa en Cuba

Este post ya estaba escrito, esperando porque la universidad me diera un tiempo para revisar y retocar, cuando OnCuba publicó el artículo del profesor Juan Triana sobre el mismo tema. Honestamente, poco o casi nada tengo que agregar a lo que Triana dice en su trabajo, pero compartimos –somos muchos- preocupaciones similares, y por lo tanto, amerita repetirlas hasta el cansancio. A lo mejor un día alguien escucha.

Hay un común denominador en casi todos los que a lo largo de nuestra historia económica han teorizado y tratado de dar solución a nuestros problemas, que dicho sea de paso, siempre han sido muchos y más o menos los mismos. Lo que une a una parte importante de ellos, incluyendo a nuestro José Martí, es la defensa de la pequeña y mediana empresa como motor impulsor de nuestra economía hacia el crecimiento económico y el desarrollo.

Mientras más años pasan, más me convenzo de la razón que tuvieron. La idea del Estado omnipresente y omnipotente, que ve y resuelve todo, no solo es ingenuamente absurda, sino peligrosamente arcaica. Señalo que no disminuyo el papel del estado en la economía en cualquier país, y ni siquiera creo que deba ser el que le asignó la teoría neoliberal, de mero árbitro. Creo que la posición vital de regulador que debe tener el Estado, su atención especial y prioritaria a los sectores de influencia, como la Salud Pública y la Educación, por ejemplo, se está diluyendo en lo que todos en Cuba llamamos: abarcar mucho para apretar poco.

Escudados tras el temor al enriquecimiento (y regresamos al manido discurso agotado ya por inverosímil) se anuncian “nuevas” medidas que limitarán y restringirán el trabajo por cuenta propia en Cuba, que es lo mismo que decir, abandonando los eufemismos innecesarios, restringir la pequeña y mediana empresa. Traducido en términos económicos, esta medida implica reducir el único sector que aumentaba la demanda de fuerza de trabajo, el único sector que mostraba expansión en capital invertido y ocupación. Resumen: el ÚNICO sector que podía ser la esperanza luego que se contrajera el turismo a partir de las medidas tomadas por el presidente Trump, el huracán que desmanteló casi totalmente los cayos en el 2017 y conllevó destinar recursos a su reconstrucción,  y en medio de una restructuración económica que ha tomado más tiempo del previsto, incluyendo la unificación monetaria.

Resumiendo, como economista: NO es el momento de acorralar y asfixiar la pequeña empresa en Cuba, que aparece ante mis ojos como la única válvula de escape. No es un secreto que la inversión extranjera no ha crecido lo esperado y tampoco son un secreto las causas, pero a eso se le puede dedicar otro espacio. Por supuesto que las PYMES deben ser reguladas. De eso no cabe dudas. Reguladas para que no anuncien sin pudor alguno en los clasificados que contratan solo “personas de tez blanca”, reguladas para controlar el efecto ambiental de algunas de ellas, como las fregadoras, por ejemplo; reguladas para que respeten que existe una ley laboral en Cuba que no puede ser violada, y que sus trabajadores tienen iguales derechos a descanso retribuido de un mes al año, a jornadas que no excedan las 8 horas diarias y hasta a licencias de maternidad.


En mi ingenuidad sigo creyendo que de eso van a hablar cuando dicen regular. Porque soy así, optimista. 

miércoles, 18 de abril de 2018

De la cebolla y otros demonios (Parte II)

Foto de la autora
           ¡Finalmente! Yo quería escribir este post después de la unificación monetaria, pero por razones obvias me dije que mejor iba adelantando. El día de hoy marca un momento de definición política en Cuba con la transición en la presidencia del país. Mucho se ha dicho, especulado, y hasta mentido alrededor de este suceso.

La verdad es que la misión que le dejan al sucesor no es de juego. Haciendo un repasito breve sobre la Cuba de hoy, el próximo presidente recibe un país en crecimiento desacelerado, y me atrevo a decir que camino a una recesión, a pesar del anunciado crecimiento económico de 1.6% anual en 2017. Adicionalmente, la contracción de la Embajada de los Estados Unidos en la isla, así como las promesas de mano dura de la administración Trump han tenido un efecto adverso en varios sentidos. En mi opinión, los dos más importantes han estado en el sector turístico, una de las principales fuentes de ingresos en divisas al país, y con ello el sector privado (único en expansión como fuente alternativa de empleo), volcado en una proporción importante hacia servicios al turismo; y el sector de la inversión extranjera. De este último no tengo evidencias palpables, pero conociendo cómo reacciona el mercado, es lógico deducir que los potenciales inversores extranjeros contendrán sus deseos de poner dinero en un país cuyo desempeño futuro es como mínimo, dudoso. En adición a todo esto, no se debe menospreciar el impacto que la crisis económica y política venezolana han tenido en la economía de Cuba.

En este contexto, las válvulas de escape de la presión social se han cerrado. La emigración, por ejemplo, recibió su primer impacto con la eliminación de la política de pies secos, pies mojados, por el gobierno de Barack Obama y luego, el “casi cierre” de la Embajada de los Estados Unidos en La Habana y la medida tomada de recurrir a un tercer país (primero Colombia, luego Guyana) para tramitar las visas de emigrante, ha cargado al proceso migratorio legal hacia ese país de dificultades logísticas y financieras adicionales.

El mero hecho de que emigrar se considere medio de descompresión social es un indicador de la gravedad de la situación dentro del país. No constituye secreto para ninguno de nosotros las complejidades del día a día de cualquier cubano de a pie, así que no creo que se necesite invertir tiempo en lo que se sabe: la cebolla sigue cara.

La vía interna de supervivencia la constituye sin dudas el emergente sector privado. Ahora, no podemos engañarnos. Las señales emitidas por el estado cubano en los últimos meses no se pueden considerar alentadoras. Con independencia de la importancia de un reordenamiento necesario y una redimensión de la política impositiva, con los que puedo estar hasta de acuerdo de cierta forma, creo que el momento no ha sido el más feliz.

Las políticas públicas deben considerar dos elementos importantes a la hora de ser implementadas: su eficacia y su pertinencia. Puede que de cierta forma se haga necesaria la revisión de las licencias emitidas e imponer límites y controles. Ok. Pero forma y contenido no son un par dialéctico por gusto. En las actuales circunstancias de Cuba, en la que las reformas avanzan a la misma velocidad que se construye un edificio de dos plantas (una eternidad) y ante los elementos ya mencionados, la verdad es que se envía un mensaje contradictorio y negativo al contener la emisión de ciertas licencias, cerrar cooperativas exitosas como Scenius -cuya justificación pública fue muy vaga-, y se prometen unificaciones monetarias, mejores cosechas de papas y crecimiento económico futuro que no llega. Hay lujos que ya no podemos darnos y es hora de comprender que en la Cuba de hoy, la confianza política no es lo que solía ser.  

La realidad de la lentitud de los cambios programados con la reforma propuesta por los Lineamientos, la escasez de productos de primera necesidad, las limitaciones para encontrar un empleo que ayude a satisfacer las necesidades básicas con el salario percibido, la reducción del turismo, las dificultades para emigrar y la maldita circunstancia del agua por todas partes, se suma a una realidad política y social diferente a la de los años ’90, cuando el país enfrentó una crisis económica y social cuyo único precedente estuvo en la década del ’20 del mismo siglo, setenta años antes.

Los cubanos residentes en la isla, en su mayoría, recuerdan la crisis de los 90, y me atrevo a especular que pocos están dispuestos a repetir la experiencia. El reto para el nuevo presidente no es pequeño: por una parte, aliviar al país de la potencial recesión implementando las reformas ya acordadas y otras que se irán imponiendo por el camino y, simultáneamente, por la otra, alcanzar niveles de vida decentes. Recordemos: crecimiento económico no necesariamente significa desarrollo social. Todo esto, enfrentando la actual administración de Donald Trump y una situación de caos político en las izquierdas de la región.

Yo, francamente, no lo envidio. Le deseo, y espero con honestidad, que sepa estar a la altura de su momento, porque el que me preocupa de verdad, mi pueblo, merece y necesita esperanza.



lunes, 9 de abril de 2018

El siglo de las "opiniones"


Imagen tomada de Facebook
Usted va en un almendrón, en una guagua, en la botella, está esperando en una cola, o está revisando las publicaciones de otros en las redes sociales: ¿Cuántas opiniones escucha o lee en ese tiempo? ¿Cuántas personas emitiendo criterios, acertados o no, con un convencimiento digno de un Nobel? Casi nadie le discute a un físico nuclear o a un bioquímico o a un matemático, a menos que pertenezca a la misma rama. Por increíble que parezca, una parte importante de la humanidad cree que no hace falta estudiar para debatir sobre economía o política, y se siente con el total derecho de intervenir, criticar, gritar y ofender escupiendo supuestas verdades, sus verdades, a la cara de los otros.

Bueno, esas son pseudo-opiniones. Definidas así por una rama de la Economía llamada Behavioral Economics o Economía Conductual en español, se refiere a la opinión vertida por una masa nada despreciable de personas, que sin leer o informarse lo suficiente, debaten sobre temas de interés colectivo: con énfasis en la política o la economía, su prima más cercana. Las pseudo-opiniones son eso, ni siquiera son opiniones. No llegan a tanto. Si la base sobre la que usted está haciendo teoría es débil, y su bote hace agua, le recomiendo que salte del edificio de “verdades” que se ha construido, o se ponga un salvavidas.  

Las ciencias sociales han sido históricamente subestimadas y consideradas por muchos como pseudo-ciencias, en un intento por minimizar y ridiculizar sus esfuerzos por explicar nuestras sociedades. Sin embargo, y con la misma disposición que criticamos a un coach de futbol o de pelota, se discute sobre historia, política, economía, porque creemos –de manera errada, la mayor parte de las veces- que al rodearnos y al estar imbuidos en ellas, no necesitamos más que nuestras limitadas experiencias personales para emitir criterios especializados.

Usted puede decir que no le gustó una película, eso no lo hace crítico de cine. Puede decir, incluso, que daVinci estaba borracho cuando pintó La Gioconda. Criticar El Beso, de Klimt, o El Rapto de las Mulatas, de Carlos Enríquez. Usted, incluso, puede unirse a la sociedad de tierraplanistas, que casi medio milenio después de Galileo Galilei, afirma que la Tierra no es una esfera (o si queremos ser técnicos: esferoide oblato). Nada de eso lo convierte por obra y gracia de ningún espíritu santo, en crítico de arte o en físico o geógrafo. 

Exactamente lo mismo pasa con la economía. Digo esto porque sentimos la urgencia de desahogarnos por el pan duro y único de la bodega, por la unificación monetaria que parece casi una mentira más, por la limitación de las licencias para los cuentapropistas… y tantas otras cosas y medidas que pululan en nuestra realidad económica o social. (OJO: no estoy diciendo que esas medidas sean acertadas o desacertadas, es solo un ejemplo académico).

Lo que deseo se entienda, y por eso mismo me animé a escribir este blog, es que para hablar, debatir, conversar sobre este tema, o cualquier otro, se necesita estar informado. Lo que usted ve o percibe no es prueba de nada, aunque usted crea que sí. Mucho menos en Economía o Política. Usted puede defender el neoliberalismo (tengo amigos muy bien informados que lo hacen) pero necesita conocer lo que está defendiendo. Incluso identificar los puntos débiles de lo que defiende, porque los que se opongan usarán eso en su contra, y obvio, atacar a la persona va en detrimento de su argumento. Cuando se vea acorralado, sin elementos para defender su posición frente a un contrario mejor preparado, no saque una bazuca para matar cucarachas. Eso solo dice más de usted que del otro. Tome un tiempo para revisar sus juicios, busque respaldo científico y no pseudocientífico. Verifique las fuentes. No sea víctima de la desinformación en la era de la información. Crezca, para que pueda aportar elementos enriquecedores a un debate, en vez de atrincherarse en medias verdades, semi demostradas o no demostradas.

Incluso, entre los profesionales, los hay buenos, regulares y malos. Lo que pasa es que es aún más vergonzoso encontrarse profesionales que no tienen idea sobre lo que estudiaron. La cosa empeora cuando están en posiciones de poder que les permite aplicar en la práctica su ignorancia; pero ese no es el tema de este post, que nos conocemos.

Hubo un tiempo en Cuba en que dejé de decir que era economista, y mucho menos que daba clases de Economía Cubana. Aquello desataba siempre una ola de juicios, caras, y ojos retorcidos, seguidos por el comentario sarcástico: “Eso no existe”. No obstante, todo el mundo soltaba su discurso, disparatado en un 90 %, sobre eso que “no existía”. Bajo esa lógica, era como hablar y debatir sobre el hombre invisible, ¿no?

Convengamos en algo entonces: todos tenemos alguna idea (acertada o no) sobre economía. Igual tenemos ideas sobre arquitectura y arte, por ejemplo, pero eso no las valida. El respeto a la profesión debe comenzar por aquellos que no son especialistas. Usted puede emitir su criterio no especializado, pero entienda que es eso: solo un criterio aficionado sobre un tema para profesionales. Usted puede, sin embargo, leer, prepararse, informarse, y entonces será una persona con opinión, a pesar de no ser especialista. Y podrá comentar sobre los girasoles de Van Gogh o las cornisas de las catedrales barrocas, o sobre el Tratado de París con mejores argumentos. Pero no pretenda formarse una opinión de la nada, porque eso no es profesional, ni inteligente.

Solo pongo un ejemplo: basta revisar los resultados de lo que más de 50 años de subestimación del papel y la importancia de los economistas en las políticas de un país le han hecho al nuestro. Porque eso bueno sí tiene la economía: Para sufrir sus efectos no hace falta ser un perito...


martes, 27 de marzo de 2018

Homo homini lupus


Sólo las virtudes producen en los pueblos un bienestar constante y serio.
José Martí

El texto a continuación lo escribí hace un año, aproximadamente, en Cuba. No es de economía, pero economía y sociedad andan juntas. No es el objetivo de este trabajo ahondar en las causas más profundas de los problemas mencionados. Fue solo una auto-alerta. Un año después, viviendo fuera de la isla, siento que debe compartirse. No es accidental la frase de Martí.
Imagen tomada de
https://www.deviantart.com/art/HOMO-HOMINI-LUPUS-377552824

Este mes la Empresa Eléctrica me cortó la electricidad por error. Todavía no sé, porque nunca fui a investigar, por qué tuve que permanecer 24 horas a oscuras; perder la mitad de las cosas que tenía en el congelador; por qué mi papá se hizo quemaduras en la mano tratando de conectarla de nuevo porque en la Empresa, y cito: “tienen 48 horas para eso, y debe pagarse un sobrecargo de 3 pesos cubanos”, aunque se trate de un error, SU error.

Ayer fui por segundo sábado consecutivo (único día disponible que tengo) al mercado de cárnicos de PALCO que se encuentra en el edificio Atlantic[1] en el Vedado, y por segunda vez consecutiva, estaba cerrado en horario de atención al público porque estaban “recibiendo mercancía”. Crucé a un “timbiriche” estatal justo al frente a comprarme un refresco, y también estaban recibiendo mercancía. Me alejé una cuadra de mi verdadero objetivo, ya a punto de la deshidratación, y me tuve que comprar una Tukola light, caliente… (CALIENTE!!!) porque era lo único que tenían. Diez minutos más tarde, en la tienda de 1ra y Paseo, no me pudieron recibir la cartera en el guardabolsos porque no “tenían espacio”, aunque sí había 4 casillas disponibles, pero (a morirse ahora) no tenían las chapillas para ellas. Resumen: Tuve que subir un innecesario piso extra para guardarla.

Hoy, el cobrador del gas llegó a mi puerta. Llevo dos meses sin pagar. No coincidimos. Llego tarde a la casa, él pasa temprano.  El hombre amenazó con cortarme el gas, y toda la ira retenida de semanas acumuladas de maltrato sicológico explotó con el menos indicado. Con el único que tenía la razón. Después de una discusión que no vale la pena reproducir porque me avergüenza mi propia irracionalidad desplegada en pocos minutos, pactamos. Él, de repente, me dijo: “Yo no quiero cortarlo, yo necesito cobrarlo, porque me pagan 25 cuc por eso. Cuando alguien no paga, mi dinerito se ve amenazado… ¿entiende?”

Y entendí de golpe: Somos lobos.

Fui una loba descargando mi ira acumulada de repetidas desconsideraciones. Los cubanos vamos a veces así, dañándonos unos a otros sin reparo ni respeto por el otro. Los mecanismos establecidos o mal establecidos facilitan ese comportamiento de sobrevivencia. Da un poco de miedo. Me di miedo. Llegado un punto, el cobrador del gas representaba todos y cada uno de mis malos momentos de todo el mes, y mi parte irracional superó la racional y descargué súbitamente mi molestia reprimida.

Eso puede ser normal en la vida de los cubanos día tras día: Ponernos traspiés en cadena infinita, más allá de reglamentaciones absurdas establecidas. El deterioro económico ha conducido al deterioro social, no solo en términos básicos de indicadores, sino de comportamiento social, dinámica y sinergia grupal, nacional. Superados o no los obstáculos de las necesidades diarias, vaciamos sobre otros el malestar que terceros nos lanzan encima, y como la metáfora del camión de basura, dejamos que la ira nos gane.

Puede ser una cuesta abajo peligrosa. Grau San Martín dijo que esta era una isla de corcho, y que por mucho que trataron de hundirla, no se hundía. Algo me dice que nos estamos esforzando por batir el récord. El que multa los productos en una tienda, y cobra el pollo al doble de lo que cuesta, ¿le roba al estado? No. Nos roba a nosotros, al pueblo, a los que nos matamos trabajando, ganando un salario de risa muchas veces, ahorrando muchos días para cualquier cosita insignificante. A esos, a los jubilados, a las madres solteras, a los trabajadores honrados… (que todavía, por suerte, son un montón).

Pero hay agotamiento. Encuentro dificultades enormes para explicar a los extranjeros que vienen a Cuba por más que una visita de turismo, a aquellos que llegan a conocernos un poco mejor, me cuesta explicarles cómo sobrevivimos el día a día en un país con precios de primer mundo y salarios peores que muchos países del tercero. Y el manido tema de los ingresos sale a relucir todo el tiempo. La ineficiencia es de todos, desde los escaños más bajos de la cadena. No existe interés en la eficiencia. El desinterés y la desidia nos consumen como un cáncer brutal.

Y el costo de la sobrevivencia somos nosotros mismos. Es el estado de alerta y agresividad latente. Es el botero que te “coge” el cuc a 23, que solo hace recorridos de media cuadra, porque no viaja ya más de un municipio por 10 pesos cubanos. Es el carnicero que te “tumba” cada vez que puede, es la cebolla a… bueno, al precio que tenga ahora, es la recepcionista que no te escucha porque habla por teléfono sobre peluquería, es el empleado público que te tira la puerta en las narices, porque es horario de almuerzo, es el de la empresa eléctrica que te corta la electricidad sin verificar que la pagaste, es la tienda que no vende mientras recibe mercancía, es la ira con el cobrador del gas…

Lo peor es que nos hemos acostumbrado. Callamos a veces por no discutir, o, para citarnos apropiadamente, “para no buscar problemas”, y llenamos así una bolsa de descontentos y molestias que explota en cualquier momento, porque su capacidad es limitada. Ese sentimiento de culpa reflejada en el otro ha sustituido paulatinamente la solidaridad. La isla de corcho sigue flotando, pero sobre nuestras espaldas rotas a dentelladas. Deberíamos mirarnos hacia adentro. Identificar en el rostro del que nos agrede nuestro propio rostro agresor, pactar, hacernos la vida más fácil, o por lo menos, no tan dura. Ayudarnos, en fin. Algo me dice que nuestra supervivencia en el corto y en el largo plazo, pronto, -más pronto de lo que creemos- comenzará a depender de eso… y ojalá entonces, o ahora mismo, no sea demasiado tarde.




[1] La última vez que fui no existía ya.